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jueves, 30 de abril de 2015

No quiero tu monotonía.


Ven hacia mí desde lo más profundo de ti.
Tráeme tu infierno.
Con tu miedo,
con tu ira,
tu fracaso,
lo más oscuro que pueda vivir.
Ven hacia mí.

Ven hacia mí desde los altos de los ríos.
Con tu energía,
con tu fuerza,
con toda tu porquería.
Tráeme verdad 
y valentía.
Ven hacia mí.

Ven, arrasa con todo, embísteme así.
Empápame de vida.
Trae tu risa,
tus manías,
tus delirios de grandeza.
No olvides tu rebeldía.
Sólo quiero alma de ti.

Aléjate con tus normas, sé informal;
no quiero casa sin hogar.
Llévate tu pesimismo,
tu poca fe,
tu simple fantasía;
no caben aquí.
No es para mí.

Piérdete con tu monotonía,
que ya tengo la mía.




miércoles, 8 de abril de 2015

Chica expresiva busca libertad de inexpresión

     Odio a las personas que me empujan a decidir, ¡como si fuese obligatorio decantarse por algo! Y odio que me llamen indecisa, caprichosa, o que digan que ando poco centrada. ¿Pero qué se supone que es esto? Elegir algo supone tener opciones, y entre ellas está la de no elegir. Sobre todo si se trata de objetos materiales.
     Este es el caso. He ido a recoger unas gafas que no me gustaron en la tienda y menos me gustan en casa. Son horribles, gigantes, ¡como si no hubiera tenido ya bastante "gafotas cuatro ojos capitán de los piojos" en el colegio! No me gustan las gafas, ni grandes ni pequeñas ni de ningún tipo. Pero es algo que tengo que llevar, sí o sí, no siempre se pueden usar lentillas y menos para estudiar.
     Y llegué a la óptica tras cuatro años sin cambiar de gafas. Cuatro años en los que no me he visto con otras que mis discretas Tommy Hilfiger corintas y azul oscuro, con reducción por supuesto. Porque soy miope, muy miope. Y tras graduarme la vista y asegurarnos de que estoy casi ciega, pasé con la comercial a ver "unos modelos". Y se dedicó a enseñarme un sinfín de gafas gigantes y oscuras, que siendo yo muy morena y blanquita me hacían parecer la novia cadáver. Primero las "MÓ". He de decir que ella llevaba unas rojas muy bonitas, que siendo rubia y con la bata blanca le quedaban fantásticas. Habría que verla vestida de rosa, yo seguro que pensaría otra cosa. Después pasó con las marcas, ocurriendo exactamente lo mismo. Yo miraba a mi madre, mi madre me miraba a mi, y estaba claro que no había nada que hacer: tenía que salir con gafas de allí. Yo me hubiera ido, y quizás otro día, con más ánimo y predisposición "al cambio", algo podría haberme gustado. Jamás lo sabré. Empecé a descartar las "menos horribles" y a separarlas. Y me quedé unas de la óptica de cristales horribles pero de colores más discretos. "Total, para estudiar..."
     Hoy he ido a recoger mis gafas, no las he mirado. He llegado a casa, me he duchado, me las he puesto y he mirado al espejo. He visto un esperpento. Me he puesto a llorar y a culpar a mi madre y todos los dioses del olimpo. Y nadie tiene la culpa, salvo yo, que me dejo influenciar.
     Si yo ya sé que si algo no me gusta no hay nada que hacer, y cuando algo "me enamora" decido rápidamente, ¿Para qué escucho? No soy caprichosa, no soy indecisa, simplemente sé lo que no quiero. Es cierto que no se exactamente lo que quiero, pero cuando está ante mis ojos no tengo duda alguna.

Y así, con todo.

Me aguantaré con unas gafas que no me gustan. Suerte que contigo, de momento, no tengo dudas.