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jueves, 26 de diciembre de 2013

¿Reparamos corazones?

     De las innumerables opciones que existen sólo podemos quedarnos con una. A lo mejor no es la adecuada, pero me gusta creer que es la que tenía que ser, la que estaba pensada. Pero qué pasa si, consecuencia de la suma de decisiones que tomamos, se rompe algo. ¿Lo reparamos? ¿Lo dejamos así? Hay cosas que no se pueden reemplazar. Cogemos un poco de celo o pegamento intentando recomponer el puzzle, a veces en el intento vuelve a caerse un trozo de eso que hemos roto, y pretendemos elevarlo en nuestros brazos como si no pasara nada. Y una vez reunidas todas las piezas, una vez compactado el objeto que hemos roto queremos volver a la normalidad, como si nada pasara. Como si esas fisuras internas pudiesen taparse con un poco de barniz, como si nunca hubieran existido. Y no nos damos cuenta de que aquello que tratábamos de reparar ha sido moldeado por nuestras manos, ahora es otra cosa. Ahora es otra cosa, más triste, y duele.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Baila para mi

     Se sonreía en silencio. Así, como para si misma, se le escapaba. ¿En qué estaría pensando mi caminante risueña? Y de pronto daba un brinco, alzaba la mano al cielo. Gesticulaba, reía, a veces incluso cantaba. De cuando en cuando alguien la miraba y sonreía también, ¿cómo no sentir, huracán de alegría? Agachaba la vista entonces, avergonzada. O quizás divirtiéndose. Sus mejillas rosadas se arrebolaban y volvía a reír. Procuraba serenarse, a veces lo conseguía. Pero caminaba tanto y tanto, que a cinco minutos de despistarse volvía a ser la niña que iluminó mi día.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Victoria's Secret

     La ropa interior es a la mujer lo que la mujer al hombre. Lo uno sin lo otro deja de ser. ¿Acaso un hombre funciona sin una mujer? Siempre tiene una madre o una hermana para ayudarle, amén de novias y/o amantes. Un hombre necesita que una mujer lo complete, que le ayude a ser, que le entienda, que lo convierta en persona si es más hombre, y en animal si es más persona. La mano que lo temple.
     ¿Y es que la mujer es menos mujer por no llevar ropa interior bonita? ¡Ah! Claro que no. Se puede ser sexy con bragas de abuela, ¿que no? Retenme a demostrarlo. Pero sí que una mujer necesita lo que la ropa interior representa. Por supuesto, siempre estará mejor desnuda. No obstante, cuando esté en casa y nadie toque sus formas, tendrá ropa interior. Tendrá lineas, texturas, tendrá estampados, colores y formas, transparencias... tendrá todo lo que ella quiera soñar o ser. Las costuras bien trabajadas la obligarán a mirarse, a reconocerse a sí misma. A ponerse delante del espejo y explorarse. A saber sus más y sus menos. A amar sus formas. A conocerse física e interiormente. La seda la enseñará a ser sexy sin necesidad de posar, natural.
     Llega un momento en que lo mejor que puede hacer una mujer para sentirse bonita es comprarse un conjunto sexy, servirse una copa de vino y tumbarse en el sofá. Posiblemente con un espejo delante para admirarse. Sin esperar nada más.
     ¿Los hombres? Mejor con sus mamás.
   

sábado, 14 de diciembre de 2013

     Si tú no pides,
 yo no doy.
Si yo no pido,
tú no das.

Y ninguno de los dos pedimos,
por si no nos quieren dar.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Tu acento diacrítico

Ahora que somos nadie, quédate, estemos quietos. Ahora que somos nadie, no usemos pretextos. Ahora que estás desnuda, desnuda también el alma tuya. Dámela toda, horizontal. Que tus besos sean de ojos cerrados. Olvida los nombres, somos tú y yo. Eres TÚ. Toda. Con la inmensidad de la palabra y la simpleza de las letras: Tú. Y quiero verte. No me cuentes historias de cuando usas tu nombre. Retira las cosas que haces vestida, cuando tienes nombre y no eres tú. En nuestro espacio limitado sólo cabe la infinidad del sentimiento extremo, profundidad de tus ganas, altura de tu imaginación. No hay ayer, no hay reloj. No hay otros nadies, sólo tú y yo. Entendámonos. Extendamos nuestras manos y conozcamos lo interminable del término Tú. Porque hay tanto tú, que cuando estás aquí no soy más que énfasis de ti.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Domingo

     Empezó a amar los domingos. Siempre había sido el día del tedio, del hastío, el peor día de la semana. Para todo el mundo siempre fue el lunes, y para ella el domingo. La víspera de la rutina, la jornada interminable. El paradigma de la monotonía. Ese día en que nunca había nada que hacer; o muchas cosas, pero no con quién.

     Y suavemente empezaron a llenarse las copas. El vino a escoger, distinto cada vez. "Lleno la tuya, esta vacía". Siempre lo hacía, nueva rutina.

     Y poco a poco los Domingos empezaron a plagarse de copas, de historias...

sábado, 30 de noviembre de 2013

Y él estaba ahí.
Tan lejos, y tan cerca.
Dos calles, cuatro puertas.
No se vieron,
no quisieron.

Quizás temieron...

domingo, 17 de noviembre de 2013

Era un contrato sin firmar,
una pasión desenfrenada.
Sus noches,
de momentos se llenaban.

Una canción por escuchar,
sonetos de qué hablar,
sus sueños,
de lujuria se embriagaban.

Cuerpo que desafiar,
besos para entregar.
Sus vidas,
de repente sostenidas.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Una noche, tú


Entre un blanco azucarado
La cabeza hundida.
Besando concavidades,
Tú.
Con un dedo humedecido
Por tintera salivada.
Rozando extremidades,
Tú.
Acariciando suave,
Lamiendo convexidades.
A punto de entrar
Tu quinto pie
En el infierno
De mi sed.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Luna

     Cuando le preguntó porqué cerraba los ojos, él respondió francamente:
- Observo la luna.
- Supongo que quieres decir que la echas de menos.
- ¿Sabes? Alguien me detalló una vez las cuatro fases de la luna. Siempre se habla de dos caras, pero tiene cuatro principales. En realidad son muchas más. A veces está creciente, captando la energía del Sol, haciéndola suya. Alegre y expectante por lo que acontece después. Otras, pletórica ya, se convierte en diosa del mundo. Desde los inicios de los tiempos las civilizaciones la han adorado. Los lobos le aúllan, pero nadie puede alcanzarla. Entonces comienza a achicarse, se siente sola y vacía, podría decirse que nadie la entiende. Todos comienzan a pensar que es rara, ¿por qué pudiendo ser grande y hermosa se hace pequeña y fría? Unos dicen que es idiota, y otros le echan la culpa al Sol. Pasa a un segundo plano, se aparta de los escenarios que tanto le gustan. Mas hay otras veces, las más extrañas, en que desaparece. Te engaña, realmente está ahí. Está ahí y quiere que la veas, pero no por hincharse y presumir. Ruega en silencio que la vean porque sí, porque está ocupada en sus asuntos privados, en su día a día, en su propia atmósfera. Y sólo algunos pueden verla. Parece fría y distante, pero es aún más cálida que cuando se llena. Se rodea de cirros y bruma, como en una manta de algodón que la protege. Y se vuelve tímida y dulce... Es el momento de dejar de aullar a su belleza, de cerrar los ojos y sentirla, verla...

- ¿Y qué pasó?

- Cuando me contó todo aquello, cerré los ojos. Cerré los ojos muy fuerte, con la nariz apuntando a donde debería estar la luna. Oí el sonido de los pájaros de noche, oí grillos, oí el viento, oí a la misma noche que nunca había atendido. Abrí los ojos, miré aquellas sombras blancas en el cielo, y no la vi. Oí tantas cosas que no supe escuchar de lo que verdaderamente hablaba. Ella, era mi Luna y no la vi.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

    - "Ojos que no ven, corazón que no siente".
     Y él tapó sus ojos con cinta azul. La puso cara a la pared. Ella se entregó casi toda. Se despojó de sus ropas, agachó la cabeza y separó las rodillas. Se dejó hacer.
      Se negó a ver, no veía, nunca lo vio. Se abrió de piernas, no de corazón.

   

miércoles, 23 de octubre de 2013

Leer mientras caminas II

     Pero el tiempo y las experiencias te golpean. Por diferentes causas dejas de hacer las cosas que te gustan. Yo también dejé de leer. No tenía tiempo, había pausado mi vida de una manera drástica y tenía que recuperarla. No había tiempo para libros.
     Quizás el tiempo fuere una excusa, y la verdadera razón sea que no me atreviese a tener el corazón expuesto. Que no quería más ilusiones, que no quería más finales congojosos. Que no quería finales abiertos y ansiedades. Que me acobardó vivir.
     Un inmenso letargo ocupó otros años de mi vida. Quise leer, lo echaba de menos. Pero sentía que perdía el tiempo de mis verdaderas ocupaciones. O no encontré los libros adecuados. O me veía incapaz de entender el lenguaje. No sé qué pasó. Lo intenté muchas veces, de veras, pero no pude. ¡Cuántos libros a medias!
     Había fracasado. Ya no podía estar más insatisfecha conmigo misma. No tenía sentido, no aprendía cosas nuevas, mi conversación resultaba monótona y mi palabrería vulgar. Hubo en tiempo en que al mirarme al espejo no me veía. Fijaba la vista en los ojos llorosos, en el brillante verde de las lágrimas. Y ahí estaba yo, lo sabía. Miraba fijamente y podía verme. Pero allí escondida, ¿cómo podía salir? Estaba atrapada. Era un destello fugaz, una gota de rocío que desaparece.
     De alguna manera tomé fuerzas, puede que recordando la niña valiente que fui, y decidí liberarme. Defenderme, matar mis dragones, formar un ejército. Ser mi propia heroína. Y lo logré, salí. Salí de mi interior, totalmente expuesta y batallando en guerras que ya debería haber ganado; ése fue el precio. Todo era recuperable si hacía algo por mi.
     Tomé la decisión quizás más difícil que haya en el mundo. Leer. Atreverme a enfrentarme a verdades y mentiras, a palabras nuevas, a diccionarios, a la compleja cartografía, a multiplicaciones de páginas, a soñar... Soñar. Llegué a pensar que era estúpido, verdaderamente frustrante pensar en cosas que no iban a ocurrir. Pero volví a leer, ¿y porqué no? Claro que si, todo puede ocurrir. Papá había dicho siempre que todos tenemos una estrella, pero hay que frotarla para que brillara. La mía estaba llena de polvo, pero fui capaz de iniciar la limpieza. Leí y leí, y poco a poco empezó a iluminarse.
     De repente, me encontré leyendo en el baño, en la cocina, en clase, en cada cartel... Descubrí el placer de leer mientras caminas. Esa sensación de libertad, de pasos rápidos. Ése ensimismamiento que te lleva a chocar con cada ciclista, y la posterior sonrisa. Sonrío porque me encuentro, porque estaba tan centrada en mi imaginación que no veía nada más, porque disfruto de cada momento. Sonrío porque ahora entiendo los textos.
     Ahora, a cada sitio que voy, me acompaña un libro. Y no me siento sola, ni tampoco me pongo nerviosa. Tengo un escudo, soy capaz de hablar de muchas cosas. Y si la diplomacia no funciona, siempre tengo un libro que tirar a la cabeza de alguien si me topo con problemas. Un libro gordo.

martes, 22 de octubre de 2013

Leer mientras caminas I



     Siempre hubo un libro en la mesilla de cada uno de mis padres, o dos. A veces, incluso tres. Mamá acudía cada noche a leernos cuentos, esto es cierto. Cuando no leía, los inventaba. A veces escribía y dibujaba para nosotros. Tenía una imaginación prodigiosa. Mi hermano y yo queríamos historias.

     Aprendimos a leer, creo que los dos a la vez, porque la diferencia de edad es poca y mientras mamá, maestra, me enseñaba a mi, aprendía él. Teníamos una colección enorme de cuentos de Disney, y cuando hubimos aprendido a leer los títulos discutíamos sobre cuál queríamos, entonces ella leía tres.

     Recuerdo el primer libro que leí, con el que mamá me enseñaba a entonar, porque era muy importante saber narrar historias. Decía así:

     "Vuelan los pájaros a toda prisa. Tambor, el conejo, y todos sus amiguitos, van a ver algo maravilloso: un nuevo cervatillo que acaba de nacer. ¡Mirad! Está ahí, junto a su mamá. [···]"

¡Y cuántas veces dibujé aquella primera imagen de Bambi!


     Empecé a leer sola cada noche, mamá decía que no era bueno para mi vista. ¡Pero ellos también leían de noche! Muy pronto necesité gafas.

     Acostumbré a preguntar :"¿qué lees?" A cada obra que caía en manos de mis padres. Y eran infinitas. De repente, me descubría leyendo contraportadas de quién sabe qué cosas de núcleos o alegorías. Y no entendía la mayoría de las cosas, pero las quería entender. Y llegó el día en que la lectura en clase fue obligatoria. En sexto de primaria, eran necesarios si mal no recuerdo seis libros trimestrales. Yo me leía doce o catorce. No había tantos libros en clase. Ya me sabía todas las historias del pequeño vampiro, que tanto me fascinaron. También las de Manolito Gafotas, que me aburrían. No había libros para mi. Fui entonces a comentárselo a mi profesora, precisamente para preguntarle si podía traer un libro de casa. Ella, que tal vez me pensara repelente, me miró con desdén y me dijo: ¿seguro que los has leído todos?. Entonces cogió uno por uno los libros de clase, incluidos los que en ese momento leían mis compañeros, y me preguntó sobre todos ellos. Cuando por fin aceptó que era cierto, me respondió: "De acuerdo, pero que sea más gordo".

     Ya había empezado yo a leer el Quijote antes de hacer la comunión. Era lista, muy lista, pero tampoco un prodigio. Seguramente leí mucho, lo dejé a la mitad, y no entendí nada. Eso si, mis padres presumían de mi brillante memoria, capaz de recordar "La razón de la sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi corazón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura", y por supuesto, aquél lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme... y cuyo texto tampoco me apetece ahora.

     Como decía, habiendo fracasado yo en mis primeras lecturas "de adultos", seguramente porque era edad temprana para asuntos tan enrevesados, llegó el momento de buscar "un libro gordo". ¡Y papá me había hablado tantas veces de Don Rodrigo! ¡Y de mesnadas y huestes! ¡Y de Colada y Tizona! Y lo vi. Estaba en una mesa, un libro rojo. Papá dijo que ése era el mío. Y lo cogí. Poco más de quinientas páginas me resultan ahora, pero a mi profesora le pareció demasiado largo para mi. Me dieron más ganas de leer. "El Cid" de José Luis Corral Lafuente, a quien quizás deba parte de mi amor por la lectura, me envolvió completamente. Eran tan nítidas las imágenes en mi cabeza... veía las batallas, los amores, las discusiones, tan vivas... Me acostaba a las dos de la noche, leyendo a escondidas. Ponía una luz pequeña, ocultaba la lámpara bajo las sábanas hasta que mamá venía y me regañaba. Al día siguiente había cole. Vivía unas aventuras alucinantes mientras soñaba. Fui Jimena, Sancho, Urraca, cualquier soldado, y hasta el propio Rodrigo. Y visité tantísimas ciudades...


     Los libros, como tales, entraron en mi vida. Uno detrás de otro. También algunos amigos leyeron libros y los empezamos a comentar. Me sentía una chica verdaderamente lista. Aprendía cosas, y me divertía.

     ¿Cómo llenó la lectura los primeros dieciocho años de mi vida? No acabaría nunca de explicarlo, porque cada libro fue una experiencia y un momento, cada historia fue un corazón roto. Desde siempre estuve preparada para los finales, y para los principios...

domingo, 13 de octubre de 2013

     ¿Será normal esta nostalgia que siento? Comienza la rutina y lejos quedan los días en que caminábamos juntos. Un paquete procedente de Italia llegó a mi buzón hace unos días, y desde entonces no dejo de recordar.
     No sé si extraño la compañía de todos o sólo su risa. De lo que estoy segura es de que anhelo esa libertad que sentía cada día. El goce de despertar sabiendo que no tenía nada material, y que al anochecer sería menos. Agradecer cada alimento que me llevaba a la boca. Caminar donde quisiera y cuanto quisiera, porque era capaz de hacerlo. Respirar profundamente, sin prisa.
     Cinco minutos al día de recuerdos puedo permitirme, no más. Pero esos cinco minutos me darán la fuerza para cubrir mi rutina, y para asesinarla. Cinco minutos al día que me dirán dónde y cuándo he de escapar. Cinco minutos por mi libertad.

sábado, 5 de octubre de 2013

Despedida de Santiago de Compostela

     Santiago, te digo adiós. No sé si has llegado ni si te conozco, pero aquí me despido. Llegué plena de espíritu y me voy igual. He conocido a gente maravillosa, y otra que no tanto.
     Volví a ver a un amigo y pasé buenos ratos. Han sido dos días donde he invertido muchas energías, pero llenos de alegría.
     Quizás esperaba más emoción al verte, pero es que mi camino no acaba aquí. Es una etapa. Mañana me espera Fisterra.
     No podré despedirme. Ni contarte los besos que te debo. Ni abrazarte por primera vez. Ni volver a tocarte. Creí que me esperarías aquí. Mejor olvidarte.
     Santiago, mi camino empieza aquí.

En mi peregrinación de 2013 de Burgos a Fisterra hubo delirios y tormentas. Me despedía en las noches sin mucho sentido en las palabras, pero lleno el corazón.
Esta es mi despedida de Santiago el 28 de Julio. Con amor y con dolor. Con fuerza.
Casi dormida a las 12 de la noche en un sofá, esperé. Y no llegó esa emoción.
Días después, llegó Finisterre.

En Santiago

Se puede ser feliz con poco,
yo fui feliz con eso que me dabas.
Tal vez no te llegué hasta el alma,
y a mi me bastó con tu mirada...
y con cada mañana despertar a tu lado y verte reír...

Te conocí en el camino.
Te quedaste conmigo
y llegamos hasta el fin.
LLAMEMOSLE COMIENZO.

Amigo, brillo que amenizaba mis mañanas.
Camino, corto se hacía si tú me hablabas.
La magia no eran tus manos ni una baraja,
la magia venía de tu alma.
La vi.

Te vi, y quise verte más, y tuve miedo de mi curiosidad.
Y me fuí. O tal vez me quedé, o frené, o aceleré.
Pausé.
A tu lado era fuerte y nunca me quise confundir.
Yo, independiente. Así llegué y así me fui.
Pero el corazón depende, y un buen trozo se quedó allí.

     Se evaporó entre ríos y caminos, entre amaneceres rojos y tormentas, entre chocolates y cada momento que pasé contigo. Y en los que no pasé. Se quedó mi corazón en los besos que no te di, en los abrazos que fallé, en las miradas que te negué. Por miedo, por falta de confianza en ti o en mi, por ridícula estupidez humana. Dejé un trozo de mi perdido, cuando debió irse contigo.

Tal vez aún pueda llegar a ti y acompañarte. Hacerte saber que estoy aquí y no iré a ninguna parte. Que estás conmigo, que te vi, quizás pueda decirte lo que no fui capaz de decir:
Amigo, amor, compañero, que te quiero. Que compartí momentos contigo, alguno en sueños, que quiero volver a repetir. Que el camino no se acaba aquí.

En Arzúa

     Te espero bajo los árboles. Bajo el frío del invierno interminable que oprime Galicia en este Julio solitario. Te espero bajo las hojas nunca secas de este parque. El sol me roza de canto y me estremezco, estás llegando. Vienes, te acercas a mi, y yo te estoy esperando.
     Espero la vida que me regala tu sonrisa, tus dientes blancos y su luz, tus labios. Espero verte reír al amanecer mañana, contagiarme de tu risa y apenas ver el ocaso. Mis ojos no mirarían nada que no fuese a ti. Ave Fenix que hiciste de mi, capaz de renacer con cada gesto de tu cara. Si la vida se mide por los momentos en que ríes, tú me la regalas.
     Aquí, en este parque, donde los pájaros se irán, yo no me cansaré de esperarte. Espero el beso de tu mirada, no necesito tocarte.
     Las indelebles marcas de tu cuerpo gravan mi fiebre. Clavadas ya en mi memoria, no espero otra cosa que verte.
     Te espero, estás llegando, y en mi mente volveré a tenerte...

Al que fue mi amigo.

domingo, 25 de agosto de 2013

Y

     Me voy. No tengo tiempo de recordarte. No tendré tiempo mañana, ni tuve tiempo ayer. Estoy ocupada. Con mis principios y mis finales, sobre todo en mis intermedios.
     Este es un intermedio. Intermedio entre tú y tú. Entre yo y yo. Y. Es lo importante. Y, puede ser muchas cosas. Es unión y separación. Es la suma infinita de circunstancias. Yo Y mis circunstancias. Y. Y tengo que irme a cocinar. Y debo estudiar. Y me voy a la cama. Y respirar. Y sentir. Y vivir.
     Y entre tantas latinas pasarán dos días, o una vida. Pasaremos nosotros sin notar la lejanía.
     Hasta que nos volvamos a encontrar.

domingo, 2 de junio de 2013

Domingo

     Nos tumbamos en el sofá recordando la noche anterior, o el tedioso fin de semana. Esperamos para emprender el viaje al sitio donde estudiamos. Esperamos. Dejamos pasar el día.
     No era así. En otro tiempo fue el mejor día de la semana. ¡Día de Misa!
     ¿Y qué conllevaba eso? Ir a la Iglesia, con tu mejor vestido y tus zapatos nuevos de charol. Toda la semana esperábamos con ansia la llegada del Domingo, día de reunión. Nuestras madres nos llevaban a la Iglesia de la mano. Pero allí éramos libres. Libres para sentarnos en primera fila y ser unas buenas señoritas mayores. Aquello nos daba protagonismo. Queríamos coger la cesta, el cáliz, o leer las escrituras. Y lo hacíamos con la mayor ilusión del mundo. Al salir, todas las señoras nos felicitaban por lo bien que leíamos, por lo mayores que estábamos y lo guapas que íbamos. Eso hacía crecer nuestra autoestima. ¡Éramos buenas chicas!
     Y lo mejor iba después, nos reuníamos en el campo o nos dejaban estar un ratito en el parque. En verano, siempre siempre, un choco clack. Pero evolucionamos al cono 3 chocolates, y después al Magnum doble. ¡Era un homenaje! Y lo acompañábamos con risas, y recordando al chico guapo que también se sentó en primera fila. Y hablábamos de que podíamos comulgar, porque ya nos habíamos confesado por decirle tonto a nuestro hermano, y por llorar por un helado el martes. ¡Éramos buenas! Y lo que estaba mal era no ir a misa, porque nosotras éramos buenas estudiantes y obedientes, y las que no lo hacían se estaban descarrilando. ¿Lo mejor? Ese orgullo y esa satisfacción interior que sentíamos cada día. Salir de la Iglesia cada Domingo, llenas de ilusión y confianza en un futuro espléndido.

     El tiempo ha pasado. Todas hemos cambiado la forma de ver la vida. Casi ninguna cree ya en el Dios de los cristianos, y qué decir de la institución eclesiástica. Yo, personalmente, creo en la magia. Y lo digo sin miedo, la naturaleza es mágica. Pregunta ¿Por qué? a cada cosa, y llegará un momento en que nadie sepa responder. A eso, antes lo llamaba Dios, con sus consecuencias y todo el protocolo. Y ahora magia. Pero me sé las oraciones, y respeto a aquellos con lo que hace años compartí dicha, no falto a la educación que me dieron mis padres y mucho menos a las creencias de mi madre. Yo fui feliz así, he de entender al que tiene fe. Y creo en la bondad de la mayoría de miembros de la Iglesia: de sacerdotes, y sobre todo monjas. Porque lo he visto de cerca y tengo una opinión objetiva. Claro que hay gente mala y ruin, y depravados. Pero eso es dentro y fuera de la Iglesia. No se puede generalizar.
     Lo que no entiendo ni entenderé nunca es que aquellos que compartieron en su día las primeras bancas conmigo hablen indiscriminadamente contra aquello que vivieron. Contra lo que aprendieron de sus padres. Y que insulten, y que pasen por medio de las procesiones, o que griten durante ellas. Yo no creo en esas cosas, por tanto no voy, no interrumpo.
     Conocer algo te da la opción de creer en ello o no. Ambas opciones son igualmente respetables. Lo que no es de ninguna manera admisible es intentar apoyar cualquiera de estas posturas desde el despotismo y la intolerancia. Tu opción nunca es válida porque sí. Y que sea la tuya no la hace mejor que otra. Respétalas todas.
     Puedes creer o no creer, pero no digas a alguien que cree "No existe", porque tú tampoco puedes demostrarlo. Sé algo más considerado, no es tan difícil.
Vagamente esto es lo que pasa por mi cabeza esta tarde de Domingo, mientras estoy tirada en el sofá viendo la tele. Quizás hubiera más que decir, mucho más que hablar y mil maneras de argumentar. Pero eso otro día, con más ganas. Yo sólo hago pensar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Momento eterno.

Era tan bonito aquello...
     Pasó como si de la nada se tratara. Me miraste demasiado, y sonreí todas las veces. No agaché la vista, no parecí tímida, no fingí lo que escondía. Nos devoramos en el segundo previo al beso.
     Y ya no quedó qué decir. Pasó el momento, perfecto recuerdo. El reflejo del Sol en mi sonrisa te dejó ciego, y el blanco de tus ojos me apabulló. No quisiste ver qué más había; aparenté que no había más yo que así, fría.
     Y pasó, como si de la nada se tratara. Segundos nuestros, para toda la vida...

jueves, 4 de abril de 2013

     Se nos hace de noche. La primera fase de luna pronto nos cubrirá. Entonces no quedará más que mi susurro acorde al sinuoso viento que roza tus mejillas. Habrás de sentirlo, adiestrar los tímpanos para que funcionen, agudizarlos. No cabrá visión alguna en el mundo de Érebo; ha encontrado nuevo reino y está instalándose. Óyeme, quizás le guste y no vuelvas a encontrarme.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Esperando...

     Pueden abrumarte las preocupaciones. Puedes estar triste, muy triste, sumido en una profunda depresión.  La vida puede llegar a desquiciarte. Pero justo en el momento en que planees el modo de acabar, el puente del que vas a saltar, llega la feria.
     Feria. La feria de los farolillos y el algodón de azúcar. De los cacharritos y las tómbolas. De las casetas y el vino, los trajes y las flores. La Feria del Caballo, tu feria.
     Olvidas todo. Suenan sevillanas una mañana cualquiera y sabes que ha llegado. El momento de entregarte al bullicio, al arte, a la pasión, pero sobre todo el día de entregarte a ti mismo. A tu disfrute, a tu vida, a ser el protagonista.
     Sacas la hucha, la que tienes desde que eras niño, justamente para la feria. La rompes, y alegre coges el dinero de TU feria, ¡todo para gastar!
     Peinas cabellos de esperanza, vistes alegrías y calzas una fuerza inigualable. Aguantarás toda la semana, día tras día, sin parar de sonreír. Y no supondrá esfuerzo alguno. Serás tú, natural como la vida, con tus más y tus menos, pero en feria todo se olvida. Todo lo malo pierde importancia, y comienza un nuevo año de ilusiones, te llenas de felicidad.
     La esperas todo el año y, de pronto, como un suspiro, se va. Pero vuelve, siempre vuelve, y tú... siempre estás.

domingo, 17 de marzo de 2013

Actuar. O no.

     ¿Guiarte por instintos o actuar razonadamente? ¿Qué hace más daño? La finalidad es la misma, protegerte. Entonces... ¿cuál es la mejor decisión?

lunes, 25 de febrero de 2013

La buena actriz

     Una buena actriz se debe a su público. Cuando estés en lo más alto recuerda que la crítica te ha llevado hasta ahí. Habrá opiniones dispares, pero también un sector fijo. Una serie de personas que te admiran, tus fans. Ellos, sin los que no serías nadie. ¿Quién te conocería si no estuvieran?
     El teatro de su vida es la mayor interpretación de toda buena actriz. Y allí es donde toman protagonismo sus seguidores. Jamás ha de olvidar que nació actriz, que no la hicieron ni se hizo. Ha de tener presente que está en lo más alto por sus fans, y no al revés. No los tiene por plasmar sus huellas en el paseo de la fama, ellos las colocaron ahí. Porque toda buena actriz es admirada desde que nace, y criticada. La quieren y odian. Siempre será tonta y lista en su justa medida. Sabrá cuando parecer desquiciada, y sabrá también impresionar con sus argumentos. Será sutil y ordenará indistintamente. Tendrá momentos de incomprensión, y otros en que necesitará su público, que estará ahí. Llorará y reirá, caerá mal a mucha gente. Montará escándalos públicos y defenderá causas perdidas.
     Toda buena actriz crece en un sin sentido constante, en una eterna búsqueda de si misma. Inspirará ternura y odio. Tendrá una personalidad tan extravagante que a veces asustará. Inundará al resto del mundo de sentimientos contradictorios hacia ella. Amor, ira, lástima, admiración... pero sobre todo una profunda curiosidad. Interés por saber qué oculta, porque si algo caracteriza a una buena actriz es que siempre sabrá qué parte de ella mostrar en cada momento. Son tantas sus partes que incluso puede parecer que miente, pero jamás lo hace. Juega limpio, mas sabrá dominar su personalidad de tal manera que dará a los que siempre han estado ahí lo que buscan. La mayor de sus sonrisas, sus oídos, su olfato, su capacidad para liderar... También sus crisis: enfados, tristezas, celos y adicciones. Por eso la quieren,  y crece.
     El éxito de toda buena actriz se debe a su público. Pero no ha de olvidar que no están ahí porque es actriz, sino por ella, porque el misterio de su vida es lo más adictivo que conocen. Y, a veces, una buena actriz incluso podrá olvidar a su público; pero ellos seguirán ahí mientras no se olvide de sí misma.

martes, 19 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (III)

 -¡Buenos días mamá!- Le di un beso.
-¿Qué quieres?
- Quita esa cara de hastío, ya te he dicho miles de veces que no necesito nada de ti. Ni de nadie.
- Ya empezamos...
- Tienes razón, no voy a discutir. ¿Desayunamos?

     El día siguiente fue de lo más normal. Para mi, porque mi madre sustituyó la desconfianza por el desconcierto; no quitó la dichosa cara de pasmada un segundo. Mientras desayunábamos no apartaba la vista de mis ojos, parecía estudiarme. Terminé de desayunar, me di una ducha y salí a pasear: El Gran Café, la biblioteca, y el hipódromo (siempre gano las apuestas). Lo veía todo de otra manera.
     Anocheció demasiado pronto, aún tenía ganas de hacer más cosas. Me dirigí a casa. Un baño de espuma y burbujas que me hicieron homenaje terminó con un masaje en las sienes. Me enrollé en la toalla blanca y me pegué al calefactor. No hacía mucho frío pero me gusta la sensación, después soy incapaz de soportar el invierno. Corté un poco las puntas y me sequé el pelo. Acabé tirada en la cama mirando al techo y con el cuerpo rojo. Sí, me había pasado.
     Día tras día repetí la misma operación. Siempre se me hacía demasiado tarde y tenía demasiados planes. Me estaba divirtiendo, o quizás estaba retomando mi vida. Todo empezó a ir bien.
"¿Quién sería?"
     Entonces pasó. Lo recordé. Casi había pasado una semana. Acepté frente a mi misma que a veces, sólo a veces, me equivoco: debí haberle dado mi número. No estaba loco. Lo conocí casi nada y no esperaba más que una noche loca, ¿Qué había hecho de mi? Tal vez fuese yo, pero todo ocurrió cuando miré sus ojos. ¡Idiota! Ni siquiera sabía su nombre. Una lástima, pero la vida sigue.

"Supongo que gracias... destino".
   

miércoles, 13 de febrero de 2013

martes, 5 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (II)

     El maquillaje corría por mis mejillas arrastrado por el agua. Inoportunamente había decidido usar lápiz negro y máscara de pestañas esa noche, y máscara era lo que llevaba. Las muecas se marcaban en mi cara, pronto no quedaría nada.
      Giré la esquina. Pude comprobar que tras de mí caminaba un grupo de chicos al oír sus comentarios libidinosos. Apresuré el paso. Siguieron mis movimientos. Estaban borrachos. La lluvia fue acompañada de una fuerte tormenta, esas que tan agradables suelen resultarme. Pero aquella noche me impedían oír los pasos tras de mi, ya ni siquiera estaba segura de que alguien caminara detrás. Paró un coche a mi lado. Un mercedes clase GL, azul metalizado.
 -Sube.- Dijiste. Giré la vista y, justamente, ahí estaba mi escolta. No dudé un segundo y subí al coche.
- ¿Dónde vives?
- En el cruce con Quevedo.
     No dijimos más. Éramos dos desconocidos compartiendo viaje, en un coche bien bonito. "Debe ser de su padre, nadie lleva un coche así". Jamás te había visto. Por otro lado no creo que encajases por ahí, llevabas la corbata bien puesta. Me gustan las corbatas.
     Se estaba acercando. No quería ir a casa, tenía miedo de volver. No me quedaban fuerzas para riñas, con Pepito Grillo ya me dolía suficiente la cabeza. Había desperdiciado tanto tiempo... Dejé de lado las cosas que más amaba, mis aficiones. Todo por lo divertido de conocer gente; gente vacía, que no aporta nada. "Haz el bien", es lo que nos dicen. Traté de solucionar problemas de todos mientras me olvidaba de mi misma. Y no hubiera sido ser egoísta, lo más importante de tu vida eres tú; hasta que eres madre, o hasta que te enamoras. Pero no era el caso y lo había olvidado. No fui nunca lo más importante. Me había divertido, había vivido. Había sido la mejor en muchas cosas, pero no en mi vida. Mi familia trataba hacérmelo ver. Yo no era feliz, y debía haber sido mi único objetivo.

 -¡¡CORRE!! ¡¡MÁS RÁPIDO!! ¡¡Pasa mi casa de largo!! Que estoy llorando...- Mamá no podía verme así. Parecía salida de un circo cutre de barrio.

     No mencionaste palabra alguna. Aceleraste. Aceleraste más. Más. Más. Más. Más, más, más. Era el único coche en esas calles. Una ciudad grande, pero dispersa y con poco tráfico. De vez en cuando pasábamos a un peatón. Las tenues luces de las farolas nos hacían señales. Aquello podía ser peligroso. ¿Qué hacía allí? Acompañada de quién sabe quién, en cualquier lugar, en un coche que sobrepasó la velocidad permitida hacía rato. Debías estar loco.
     Paraste. No conocía esa calle. Pensé que querrías llevarme a tu casa, y no me apetecía. Por supuesto me negaría. Puede que fuese un psicópata, a fin de cuentas conducía como tal. Y yo de eso sabía, así que empecé a asustarme. Sacaste un pañuelo de tela blanco. Mi padre también los lleva, quiero decir, eso ya no se lleva. Seguías sin articular sonido.
     Rodeaste tu mano con el pañuelo y te volviste hacia mí. Con la punta de los dedos iniciaste tu labor de saneamiento. Quizás intentabas descubrir mi cara. Recorrías mi cara tornando negro aquel trozo de tela, secando mis dolores.
      Visto desde mi perspectiva era un chico bastante guapo. No me había fijado. El estrecho espacio entre sus piernas y el volante dejaba adivinar que rondaba el metro ochenta y siete. Tenía espaldas anchas. Ojos de un castaño intenso se dejaban ver bajo unas pobladas y bien peinadas cejas. El cabello era oscuro también. La piel clarita dejaba destacar unos labios muy dulces. La nariz era romana. Sonreí. Me descubrió absorta en su boca y sonreímos los dos. No me importaría que me llevase a su casa; o a su cama, pensé. Aquello era realmente apetecible y nadie iba a enterarse. Decenas de elucubraciones sobre lo que podía pasar adornaban mi mente. Entre ellas, que quedaría muy satisfecha.
     Me puso el pañuelo entre las manos y volvió a conducir.
- Ahora ya puedo llevarte a casa.-
     ¿Qué? ¿Ya está? ¿Es hermano mío y yo no lo sé? ¿De la policía secreta?  ¿Mis padres han contratado un guardaespaldas? Había visto muchas películas, pero aquello se me antojaba más surrealista aún.
- Si.-
- ¿Cómo te llamas?
- Giada.
- Giada, ¿italiano? Bonito nombre.
- Gracias.
- Oye, Giada, ¿te importa darme tu teléfono? Me gustaría llamarte mañana para asegurarme de que estás bien.
- No tengo.- En realidad, estaba en el bolso. ¿Qué estaba haciendo? ¡Era un chico guapísimo! Pero sólo había dos opciones: La primera que se hubiese dado cuenta de que no era el día apropiado, o más bien la chica apropiada para tener sexo esa noche; de ser así ya había pasado su oportunidad. Lo había dudado algunos segundos antes, pero ya no me apetecía ser desahogo de nadie; ni desahogarme. La segunda opción era que fuese un loco obsesivo y se encaprichase conmigo. Que pretendiese llamarme todos los días cual enamorado, que quisiese "protegerme". Repugnante. Yo no necesitaba eso. No le dí mi teléfono, era lo mejor. Yo sé de esas cosas.

- Una lástima.- Sonrió. Tenía una sonrisa preciosa. Dientes perfectos.
     Ya no volvimos a hablar hasta llegar a casa. Y no me miró ni una sola vez. Yo sí a él, me desconcertaba.
- Cuídate.
- Gracias. Buenas noches.- No esperó a que  entrase al portal, comenzó a conducir despacio (o tal vez era la velocidad prudente) y lo vi alejarse.

    Tenía bastante sueño. Había sido un día extraño. Ya eran las 7 y no tenía tiempo de pensar. Quería dormir. Pero una cosa estaba clara: No volvería a verlo más.

domingo, 3 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (I)

     Eran las 2 o las 3, no había relojes. El punto álgido de la fiesta que el alcohol llevaba en sus venas. El local rebosaba chicas ebrias a base de Gin Tonic. El deseo de masculinidad las envuelve en una débil ilusión de protagonismo, ya no se lleva el Cosmopolitan. La realidad de aquel ambiente era insultante. Ellos buscando sexo descaradamente; ellas, incapaces de controlar sus pasiones, dejando ver sus intenciones sin medias tintas. No había espacio para el cortejo ni la coquetería. Ni espacio ni tiempo.
    -¿Vamos al coche?- Las palabras más repetidas. Rápido. Sin pensar. Sin amor. Sin ganas. Libertad y desenfreno, está de moda. El mundo ha de entender que las mujeres decidimos cómo, dónde y cuándo; el sexo por sexo vale.
     Estúpidas. Así no. No es lo que queréis, no encontráis lo que buscáis. Os llaman putas, y posiblemente tengan razón. Ellos son putos también. ¿Qué es eso? Es igual, sois todos unos cerdos.  Apoyo el desinhibirse, disfrutar. Séneca dijo que no podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas. El deseo está ahí, desátalo cuando quieras, con discreción. ¿Pero dónde queda el deseo en esas noches? Noche tras noche la pasión se perdió. No sabéis lo que buscáis, no podéis sentir, os habéis perdido.

     Decidí salir. Huir de mi misma. Aquello daba verdadera lástima. Siempre había encontrado al chico tímido con ganas de desplegar sus armas. Mismo fin, distintos medios. Siempre estaba ahí, fácil de manejar y lo suficientemente torpe para pasarse la noche hablando y no conseguir nada. Alguien que me ocupase mientras mis chicas se perdían. ¡Ah! ¡Las chicas! Estaban ahí: La una intentando deshacerse del chico al que ya había sacado un cubata; la otra besando a un desconocido. Y ahí estaba yo, con el pardillo de turno haciéndome compañía. Lamentablemente pronto se aburriría, porque ni siquiera tomé la molestia de fingir interés en aquel soliloquio sin sentido. Que la ingeniería, que una matrícula, el coche de papá... ¡INTERESANTÍSIMO! Solía responder para no quedarme sola. Pero no. Ese día estaba absorta en el exterior, otro vendría a sustituirle. No me apetecía conversar, ni oír piropos, ni hacerme la niña tonta que no se ha enterado de cualquier proposición indecorosa. Estaba mirando a la gente, y me daba verdadero asco. ¿Cuántas noches llevaba ya en el mismo lugar? ¿Cuántos años habían pasado sin moverme del sitio? No quería volver a casa, pero había pasado tanto tiempo que no era capaz de permanecer en el mismo lugar, otra vez.
     Los problemas me llevaban a aquellas salidas nocturnas interminables que no me gustaban, pero que me permitían pasar el día siguiente completo en cama, y no pensar. No pensar en nada. ¿ Huir de mi misma? Era lo que intentaba desesperadamente. Y lo mismo que intentaría al salir del local.
     Salí, me dirigí a la puerta. Dije a mi interlocutor de turno que iba al baño y no regresé. Son ocasiones en las que hay que mentir, no dé ocasión a que resulte educado y pretenda acompañarme a casa. En realidad nunca miento. Fui al baño y después salí.

     Comencé a caminar, sola, bajo una intensa lluvia de Septiembre. Debía pensar... antes de que fuese demasiado tarde.

domingo, 13 de enero de 2013

XY

     Somos diferentes. ¿Conoces la única diferencia entre tú y yo? Que soy mujer; hablo igual y actúo del mismo modo que tú, pero soy mujer. Las mismas cosas dichas por tí son genialidades masculinas; dichas por mi, comentarios nada acertados. Pelear es propio de los hombres, luchar, defenderse, que yo lo haga no es propio de una señorita. Y, ¿sabes qué? Puede que no resulte nada atractiva, que jamás me ame nadie porque carezcan de agallas, las que a mi me sobran. Tal vez sea algo masculina, o demasiado femenina. Puede que esté siempre sola, que consiga enemigos, que me llamen salvaje e incluso loca. Pero una cosa es cierta, no he sido ni seré una criatura frágil e indefensa, y no necesito que ningún hombre me defienda.