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lunes, 25 de febrero de 2013

La buena actriz

     Una buena actriz se debe a su público. Cuando estés en lo más alto recuerda que la crítica te ha llevado hasta ahí. Habrá opiniones dispares, pero también un sector fijo. Una serie de personas que te admiran, tus fans. Ellos, sin los que no serías nadie. ¿Quién te conocería si no estuvieran?
     El teatro de su vida es la mayor interpretación de toda buena actriz. Y allí es donde toman protagonismo sus seguidores. Jamás ha de olvidar que nació actriz, que no la hicieron ni se hizo. Ha de tener presente que está en lo más alto por sus fans, y no al revés. No los tiene por plasmar sus huellas en el paseo de la fama, ellos las colocaron ahí. Porque toda buena actriz es admirada desde que nace, y criticada. La quieren y odian. Siempre será tonta y lista en su justa medida. Sabrá cuando parecer desquiciada, y sabrá también impresionar con sus argumentos. Será sutil y ordenará indistintamente. Tendrá momentos de incomprensión, y otros en que necesitará su público, que estará ahí. Llorará y reirá, caerá mal a mucha gente. Montará escándalos públicos y defenderá causas perdidas.
     Toda buena actriz crece en un sin sentido constante, en una eterna búsqueda de si misma. Inspirará ternura y odio. Tendrá una personalidad tan extravagante que a veces asustará. Inundará al resto del mundo de sentimientos contradictorios hacia ella. Amor, ira, lástima, admiración... pero sobre todo una profunda curiosidad. Interés por saber qué oculta, porque si algo caracteriza a una buena actriz es que siempre sabrá qué parte de ella mostrar en cada momento. Son tantas sus partes que incluso puede parecer que miente, pero jamás lo hace. Juega limpio, mas sabrá dominar su personalidad de tal manera que dará a los que siempre han estado ahí lo que buscan. La mayor de sus sonrisas, sus oídos, su olfato, su capacidad para liderar... También sus crisis: enfados, tristezas, celos y adicciones. Por eso la quieren,  y crece.
     El éxito de toda buena actriz se debe a su público. Pero no ha de olvidar que no están ahí porque es actriz, sino por ella, porque el misterio de su vida es lo más adictivo que conocen. Y, a veces, una buena actriz incluso podrá olvidar a su público; pero ellos seguirán ahí mientras no se olvide de sí misma.

martes, 19 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (III)

 -¡Buenos días mamá!- Le di un beso.
-¿Qué quieres?
- Quita esa cara de hastío, ya te he dicho miles de veces que no necesito nada de ti. Ni de nadie.
- Ya empezamos...
- Tienes razón, no voy a discutir. ¿Desayunamos?

     El día siguiente fue de lo más normal. Para mi, porque mi madre sustituyó la desconfianza por el desconcierto; no quitó la dichosa cara de pasmada un segundo. Mientras desayunábamos no apartaba la vista de mis ojos, parecía estudiarme. Terminé de desayunar, me di una ducha y salí a pasear: El Gran Café, la biblioteca, y el hipódromo (siempre gano las apuestas). Lo veía todo de otra manera.
     Anocheció demasiado pronto, aún tenía ganas de hacer más cosas. Me dirigí a casa. Un baño de espuma y burbujas que me hicieron homenaje terminó con un masaje en las sienes. Me enrollé en la toalla blanca y me pegué al calefactor. No hacía mucho frío pero me gusta la sensación, después soy incapaz de soportar el invierno. Corté un poco las puntas y me sequé el pelo. Acabé tirada en la cama mirando al techo y con el cuerpo rojo. Sí, me había pasado.
     Día tras día repetí la misma operación. Siempre se me hacía demasiado tarde y tenía demasiados planes. Me estaba divirtiendo, o quizás estaba retomando mi vida. Todo empezó a ir bien.
"¿Quién sería?"
     Entonces pasó. Lo recordé. Casi había pasado una semana. Acepté frente a mi misma que a veces, sólo a veces, me equivoco: debí haberle dado mi número. No estaba loco. Lo conocí casi nada y no esperaba más que una noche loca, ¿Qué había hecho de mi? Tal vez fuese yo, pero todo ocurrió cuando miré sus ojos. ¡Idiota! Ni siquiera sabía su nombre. Una lástima, pero la vida sigue.

"Supongo que gracias... destino".
   

miércoles, 13 de febrero de 2013

martes, 5 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (II)

     El maquillaje corría por mis mejillas arrastrado por el agua. Inoportunamente había decidido usar lápiz negro y máscara de pestañas esa noche, y máscara era lo que llevaba. Las muecas se marcaban en mi cara, pronto no quedaría nada.
      Giré la esquina. Pude comprobar que tras de mí caminaba un grupo de chicos al oír sus comentarios libidinosos. Apresuré el paso. Siguieron mis movimientos. Estaban borrachos. La lluvia fue acompañada de una fuerte tormenta, esas que tan agradables suelen resultarme. Pero aquella noche me impedían oír los pasos tras de mi, ya ni siquiera estaba segura de que alguien caminara detrás. Paró un coche a mi lado. Un mercedes clase GL, azul metalizado.
 -Sube.- Dijiste. Giré la vista y, justamente, ahí estaba mi escolta. No dudé un segundo y subí al coche.
- ¿Dónde vives?
- En el cruce con Quevedo.
     No dijimos más. Éramos dos desconocidos compartiendo viaje, en un coche bien bonito. "Debe ser de su padre, nadie lleva un coche así". Jamás te había visto. Por otro lado no creo que encajases por ahí, llevabas la corbata bien puesta. Me gustan las corbatas.
     Se estaba acercando. No quería ir a casa, tenía miedo de volver. No me quedaban fuerzas para riñas, con Pepito Grillo ya me dolía suficiente la cabeza. Había desperdiciado tanto tiempo... Dejé de lado las cosas que más amaba, mis aficiones. Todo por lo divertido de conocer gente; gente vacía, que no aporta nada. "Haz el bien", es lo que nos dicen. Traté de solucionar problemas de todos mientras me olvidaba de mi misma. Y no hubiera sido ser egoísta, lo más importante de tu vida eres tú; hasta que eres madre, o hasta que te enamoras. Pero no era el caso y lo había olvidado. No fui nunca lo más importante. Me había divertido, había vivido. Había sido la mejor en muchas cosas, pero no en mi vida. Mi familia trataba hacérmelo ver. Yo no era feliz, y debía haber sido mi único objetivo.

 -¡¡CORRE!! ¡¡MÁS RÁPIDO!! ¡¡Pasa mi casa de largo!! Que estoy llorando...- Mamá no podía verme así. Parecía salida de un circo cutre de barrio.

     No mencionaste palabra alguna. Aceleraste. Aceleraste más. Más. Más. Más. Más, más, más. Era el único coche en esas calles. Una ciudad grande, pero dispersa y con poco tráfico. De vez en cuando pasábamos a un peatón. Las tenues luces de las farolas nos hacían señales. Aquello podía ser peligroso. ¿Qué hacía allí? Acompañada de quién sabe quién, en cualquier lugar, en un coche que sobrepasó la velocidad permitida hacía rato. Debías estar loco.
     Paraste. No conocía esa calle. Pensé que querrías llevarme a tu casa, y no me apetecía. Por supuesto me negaría. Puede que fuese un psicópata, a fin de cuentas conducía como tal. Y yo de eso sabía, así que empecé a asustarme. Sacaste un pañuelo de tela blanco. Mi padre también los lleva, quiero decir, eso ya no se lleva. Seguías sin articular sonido.
     Rodeaste tu mano con el pañuelo y te volviste hacia mí. Con la punta de los dedos iniciaste tu labor de saneamiento. Quizás intentabas descubrir mi cara. Recorrías mi cara tornando negro aquel trozo de tela, secando mis dolores.
      Visto desde mi perspectiva era un chico bastante guapo. No me había fijado. El estrecho espacio entre sus piernas y el volante dejaba adivinar que rondaba el metro ochenta y siete. Tenía espaldas anchas. Ojos de un castaño intenso se dejaban ver bajo unas pobladas y bien peinadas cejas. El cabello era oscuro también. La piel clarita dejaba destacar unos labios muy dulces. La nariz era romana. Sonreí. Me descubrió absorta en su boca y sonreímos los dos. No me importaría que me llevase a su casa; o a su cama, pensé. Aquello era realmente apetecible y nadie iba a enterarse. Decenas de elucubraciones sobre lo que podía pasar adornaban mi mente. Entre ellas, que quedaría muy satisfecha.
     Me puso el pañuelo entre las manos y volvió a conducir.
- Ahora ya puedo llevarte a casa.-
     ¿Qué? ¿Ya está? ¿Es hermano mío y yo no lo sé? ¿De la policía secreta?  ¿Mis padres han contratado un guardaespaldas? Había visto muchas películas, pero aquello se me antojaba más surrealista aún.
- Si.-
- ¿Cómo te llamas?
- Giada.
- Giada, ¿italiano? Bonito nombre.
- Gracias.
- Oye, Giada, ¿te importa darme tu teléfono? Me gustaría llamarte mañana para asegurarme de que estás bien.
- No tengo.- En realidad, estaba en el bolso. ¿Qué estaba haciendo? ¡Era un chico guapísimo! Pero sólo había dos opciones: La primera que se hubiese dado cuenta de que no era el día apropiado, o más bien la chica apropiada para tener sexo esa noche; de ser así ya había pasado su oportunidad. Lo había dudado algunos segundos antes, pero ya no me apetecía ser desahogo de nadie; ni desahogarme. La segunda opción era que fuese un loco obsesivo y se encaprichase conmigo. Que pretendiese llamarme todos los días cual enamorado, que quisiese "protegerme". Repugnante. Yo no necesitaba eso. No le dí mi teléfono, era lo mejor. Yo sé de esas cosas.

- Una lástima.- Sonrió. Tenía una sonrisa preciosa. Dientes perfectos.
     Ya no volvimos a hablar hasta llegar a casa. Y no me miró ni una sola vez. Yo sí a él, me desconcertaba.
- Cuídate.
- Gracias. Buenas noches.- No esperó a que  entrase al portal, comenzó a conducir despacio (o tal vez era la velocidad prudente) y lo vi alejarse.

    Tenía bastante sueño. Había sido un día extraño. Ya eran las 7 y no tenía tiempo de pensar. Quería dormir. Pero una cosa estaba clara: No volvería a verlo más.

domingo, 3 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (I)

     Eran las 2 o las 3, no había relojes. El punto álgido de la fiesta que el alcohol llevaba en sus venas. El local rebosaba chicas ebrias a base de Gin Tonic. El deseo de masculinidad las envuelve en una débil ilusión de protagonismo, ya no se lleva el Cosmopolitan. La realidad de aquel ambiente era insultante. Ellos buscando sexo descaradamente; ellas, incapaces de controlar sus pasiones, dejando ver sus intenciones sin medias tintas. No había espacio para el cortejo ni la coquetería. Ni espacio ni tiempo.
    -¿Vamos al coche?- Las palabras más repetidas. Rápido. Sin pensar. Sin amor. Sin ganas. Libertad y desenfreno, está de moda. El mundo ha de entender que las mujeres decidimos cómo, dónde y cuándo; el sexo por sexo vale.
     Estúpidas. Así no. No es lo que queréis, no encontráis lo que buscáis. Os llaman putas, y posiblemente tengan razón. Ellos son putos también. ¿Qué es eso? Es igual, sois todos unos cerdos.  Apoyo el desinhibirse, disfrutar. Séneca dijo que no podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas. El deseo está ahí, desátalo cuando quieras, con discreción. ¿Pero dónde queda el deseo en esas noches? Noche tras noche la pasión se perdió. No sabéis lo que buscáis, no podéis sentir, os habéis perdido.

     Decidí salir. Huir de mi misma. Aquello daba verdadera lástima. Siempre había encontrado al chico tímido con ganas de desplegar sus armas. Mismo fin, distintos medios. Siempre estaba ahí, fácil de manejar y lo suficientemente torpe para pasarse la noche hablando y no conseguir nada. Alguien que me ocupase mientras mis chicas se perdían. ¡Ah! ¡Las chicas! Estaban ahí: La una intentando deshacerse del chico al que ya había sacado un cubata; la otra besando a un desconocido. Y ahí estaba yo, con el pardillo de turno haciéndome compañía. Lamentablemente pronto se aburriría, porque ni siquiera tomé la molestia de fingir interés en aquel soliloquio sin sentido. Que la ingeniería, que una matrícula, el coche de papá... ¡INTERESANTÍSIMO! Solía responder para no quedarme sola. Pero no. Ese día estaba absorta en el exterior, otro vendría a sustituirle. No me apetecía conversar, ni oír piropos, ni hacerme la niña tonta que no se ha enterado de cualquier proposición indecorosa. Estaba mirando a la gente, y me daba verdadero asco. ¿Cuántas noches llevaba ya en el mismo lugar? ¿Cuántos años habían pasado sin moverme del sitio? No quería volver a casa, pero había pasado tanto tiempo que no era capaz de permanecer en el mismo lugar, otra vez.
     Los problemas me llevaban a aquellas salidas nocturnas interminables que no me gustaban, pero que me permitían pasar el día siguiente completo en cama, y no pensar. No pensar en nada. ¿ Huir de mi misma? Era lo que intentaba desesperadamente. Y lo mismo que intentaría al salir del local.
     Salí, me dirigí a la puerta. Dije a mi interlocutor de turno que iba al baño y no regresé. Son ocasiones en las que hay que mentir, no dé ocasión a que resulte educado y pretenda acompañarme a casa. En realidad nunca miento. Fui al baño y después salí.

     Comencé a caminar, sola, bajo una intensa lluvia de Septiembre. Debía pensar... antes de que fuese demasiado tarde.