Pero el tiempo y las experiencias te golpean. Por diferentes causas dejas de hacer las cosas que te gustan. Yo también dejé de leer. No tenía tiempo, había pausado mi vida de una manera drástica y tenía que recuperarla. No había tiempo para libros.
Quizás el tiempo fuere una excusa, y la verdadera razón sea que no me atreviese a tener el corazón expuesto. Que no quería más ilusiones, que no quería más finales congojosos. Que no quería finales abiertos y ansiedades. Que me acobardó vivir.
Un inmenso letargo ocupó otros años de mi vida. Quise leer, lo echaba de menos. Pero sentía que perdía el tiempo de mis verdaderas ocupaciones. O no encontré los libros adecuados. O me veía incapaz de entender el lenguaje. No sé qué pasó. Lo intenté muchas veces, de veras, pero no pude. ¡Cuántos libros a medias!
Había fracasado. Ya no podía estar más insatisfecha conmigo misma. No tenía sentido, no aprendía cosas nuevas, mi conversación resultaba monótona y mi palabrería vulgar. Hubo en tiempo en que al mirarme al espejo no me veía. Fijaba la vista en los ojos llorosos, en el brillante verde de las lágrimas. Y ahí estaba yo, lo sabía. Miraba fijamente y podía verme. Pero allí escondida, ¿cómo podía salir? Estaba atrapada. Era un destello fugaz, una gota de rocío que desaparece.
De alguna manera tomé fuerzas, puede que recordando la niña valiente que fui, y decidí liberarme. Defenderme, matar mis dragones, formar un ejército. Ser mi propia heroína. Y lo logré, salí. Salí de mi interior, totalmente expuesta y batallando en guerras que ya debería haber ganado; ése fue el precio. Todo era recuperable si hacía algo por mi.
Tomé la decisión quizás más difícil que haya en el mundo. Leer. Atreverme a enfrentarme a verdades y mentiras, a palabras nuevas, a diccionarios, a la compleja cartografía, a multiplicaciones de páginas, a soñar... Soñar. Llegué a pensar que era estúpido, verdaderamente frustrante pensar en cosas que no iban a ocurrir. Pero volví a leer, ¿y porqué no? Claro que si, todo puede ocurrir. Papá había dicho siempre que todos tenemos una estrella, pero hay que frotarla para que brillara. La mía estaba llena de polvo, pero fui capaz de iniciar la limpieza. Leí y leí, y poco a poco empezó a iluminarse.
De repente, me encontré leyendo en el baño, en la cocina, en clase, en cada cartel... Descubrí el placer de leer mientras caminas. Esa sensación de libertad, de pasos rápidos. Ése ensimismamiento que te lleva a chocar con cada ciclista, y la posterior sonrisa. Sonrío porque me encuentro, porque estaba tan centrada en mi imaginación que no veía nada más, porque disfruto de cada momento. Sonrío porque ahora entiendo los textos.
Ahora, a cada sitio que voy, me acompaña un libro. Y no me siento sola, ni tampoco me pongo nerviosa. Tengo un escudo, soy capaz de hablar de muchas cosas. Y si la diplomacia no funciona, siempre tengo un libro que tirar a la cabeza de alguien si me topo con problemas. Un libro gordo.
Páginas
miércoles, 23 de octubre de 2013
martes, 22 de octubre de 2013
Leer mientras caminas I
Siempre hubo un libro en la mesilla de cada uno de mis padres, o dos. A veces, incluso tres. Mamá acudía cada noche a leernos cuentos, esto es cierto. Cuando no leía, los inventaba. A veces escribía y dibujaba para nosotros. Tenía una imaginación prodigiosa. Mi hermano y yo queríamos historias.
Aprendimos a leer, creo que los dos a la vez, porque la diferencia de edad es poca y mientras mamá, maestra, me enseñaba a mi, aprendía él. Teníamos una colección enorme de cuentos de Disney, y cuando hubimos aprendido a leer los títulos discutíamos sobre cuál queríamos, entonces ella leía tres.
Recuerdo el primer libro que leí, con el que mamá me enseñaba a entonar, porque era muy importante saber narrar historias. Decía así:
"Vuelan los pájaros a toda prisa. Tambor, el conejo, y todos sus amiguitos, van a ver algo maravilloso: un nuevo cervatillo que acaba de nacer. ¡Mirad! Está ahí, junto a su mamá. [···]"
¡Y cuántas veces dibujé aquella primera imagen de Bambi!
Empecé a leer sola cada noche, mamá decía que no era bueno para mi vista. ¡Pero ellos también leían de noche! Muy pronto necesité gafas.
Acostumbré a preguntar :"¿qué lees?" A cada obra que caía en manos de mis padres. Y eran infinitas. De repente, me descubría leyendo contraportadas de quién sabe qué cosas de núcleos o alegorías. Y no entendía la mayoría de las cosas, pero las quería entender. Y llegó el día en que la lectura en clase fue obligatoria. En sexto de primaria, eran necesarios si mal no recuerdo seis libros trimestrales. Yo me leía doce o catorce. No había tantos libros en clase. Ya me sabía todas las historias del pequeño vampiro, que tanto me fascinaron. También las de Manolito Gafotas, que me aburrían. No había libros para mi. Fui entonces a comentárselo a mi profesora, precisamente para preguntarle si podía traer un libro de casa. Ella, que tal vez me pensara repelente, me miró con desdén y me dijo: ¿seguro que los has leído todos?. Entonces cogió uno por uno los libros de clase, incluidos los que en ese momento leían mis compañeros, y me preguntó sobre todos ellos. Cuando por fin aceptó que era cierto, me respondió: "De acuerdo, pero que sea más gordo".
Ya había empezado yo a leer el Quijote antes de hacer la comunión. Era lista, muy lista, pero tampoco un prodigio. Seguramente leí mucho, lo dejé a la mitad, y no entendí nada. Eso si, mis padres presumían de mi brillante memoria, capaz de recordar "La razón de la sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi corazón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura", y por supuesto, aquél lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme... y cuyo texto tampoco me apetece ahora.
Como decía, habiendo fracasado yo en mis primeras lecturas "de adultos", seguramente porque era edad temprana para asuntos tan enrevesados, llegó el momento de buscar "un libro gordo". ¡Y papá me había hablado tantas veces de Don Rodrigo! ¡Y de mesnadas y huestes! ¡Y de Colada y Tizona! Y lo vi. Estaba en una mesa, un libro rojo. Papá dijo que ése era el mío. Y lo cogí. Poco más de quinientas páginas me resultan ahora, pero a mi profesora le pareció demasiado largo para mi. Me dieron más ganas de leer. "El Cid" de José Luis Corral Lafuente, a quien quizás deba parte de mi amor por la lectura, me envolvió completamente. Eran tan nítidas las imágenes en mi cabeza... veía las batallas, los amores, las discusiones, tan vivas... Me acostaba a las dos de la noche, leyendo a escondidas. Ponía una luz pequeña, ocultaba la lámpara bajo las sábanas hasta que mamá venía y me regañaba. Al día siguiente había cole. Vivía unas aventuras alucinantes mientras soñaba. Fui Jimena, Sancho, Urraca, cualquier soldado, y hasta el propio Rodrigo. Y visité tantísimas ciudades...
Los libros, como tales, entraron en mi vida. Uno detrás de otro. También algunos amigos leyeron libros y los empezamos a comentar. Me sentía una chica verdaderamente lista. Aprendía cosas, y me divertía.
¿Cómo llenó la lectura los primeros dieciocho años de mi vida? No acabaría nunca de explicarlo, porque cada libro fue una experiencia y un momento, cada historia fue un corazón roto. Desde siempre estuve preparada para los finales, y para los principios...
domingo, 13 de octubre de 2013
¿Será normal esta nostalgia que siento? Comienza la rutina y lejos quedan los días en que caminábamos juntos. Un paquete procedente de Italia llegó a mi buzón hace unos días, y desde entonces no dejo de recordar.
No sé si extraño la compañía de todos o sólo su risa. De lo que estoy segura es de que anhelo esa libertad que sentía cada día. El goce de despertar sabiendo que no tenía nada material, y que al anochecer sería menos. Agradecer cada alimento que me llevaba a la boca. Caminar donde quisiera y cuanto quisiera, porque era capaz de hacerlo. Respirar profundamente, sin prisa.
Cinco minutos al día de recuerdos puedo permitirme, no más. Pero esos cinco minutos me darán la fuerza para cubrir mi rutina, y para asesinarla. Cinco minutos al día que me dirán dónde y cuándo he de escapar. Cinco minutos por mi libertad.
No sé si extraño la compañía de todos o sólo su risa. De lo que estoy segura es de que anhelo esa libertad que sentía cada día. El goce de despertar sabiendo que no tenía nada material, y que al anochecer sería menos. Agradecer cada alimento que me llevaba a la boca. Caminar donde quisiera y cuanto quisiera, porque era capaz de hacerlo. Respirar profundamente, sin prisa.
Cinco minutos al día de recuerdos puedo permitirme, no más. Pero esos cinco minutos me darán la fuerza para cubrir mi rutina, y para asesinarla. Cinco minutos al día que me dirán dónde y cuándo he de escapar. Cinco minutos por mi libertad.
sábado, 5 de octubre de 2013
Despedida de Santiago de Compostela
Santiago, te digo adiós. No sé si has llegado ni si te conozco, pero aquí me despido. Llegué plena de espíritu y me voy igual. He conocido a gente maravillosa, y otra que no tanto.
Volví a ver a un amigo y pasé buenos ratos. Han sido dos días donde he invertido muchas energías, pero llenos de alegría.
Quizás esperaba más emoción al verte, pero es que mi camino no acaba aquí. Es una etapa. Mañana me espera Fisterra.
No podré despedirme. Ni contarte los besos que te debo. Ni abrazarte por primera vez. Ni volver a tocarte. Creí que me esperarías aquí. Mejor olvidarte.
Santiago, mi camino empieza aquí.
Volví a ver a un amigo y pasé buenos ratos. Han sido dos días donde he invertido muchas energías, pero llenos de alegría.
Quizás esperaba más emoción al verte, pero es que mi camino no acaba aquí. Es una etapa. Mañana me espera Fisterra.
No podré despedirme. Ni contarte los besos que te debo. Ni abrazarte por primera vez. Ni volver a tocarte. Creí que me esperarías aquí. Mejor olvidarte.
Santiago, mi camino empieza aquí.
En mi peregrinación de 2013 de Burgos a Fisterra hubo delirios y tormentas. Me despedía en las noches sin mucho sentido en las palabras, pero lleno el corazón.
Esta es mi despedida de Santiago el 28 de Julio. Con amor y con dolor. Con fuerza.
Casi dormida a las 12 de la noche en un sofá, esperé. Y no llegó esa emoción.
Días después, llegó Finisterre.
En Santiago
Se puede ser feliz con poco,
yo fui feliz con eso que me dabas.
Tal vez no te llegué hasta el alma,
y a mi me bastó con tu mirada...
y con cada mañana despertar a tu lado y verte reír...
Te conocí en el camino.
Te quedaste conmigo
y llegamos hasta el fin.
LLAMEMOSLE COMIENZO.
Amigo, brillo que amenizaba mis mañanas.
Camino, corto se hacía si tú me hablabas.
La magia no eran tus manos ni una baraja,
la magia venía de tu alma.
La vi.
Te vi, y quise verte más, y tuve miedo de mi curiosidad.
Y me fuí. O tal vez me quedé, o frené, o aceleré.
Pausé.
A tu lado era fuerte y nunca me quise confundir.
Yo, independiente. Así llegué y así me fui.
Pero el corazón depende, y un buen trozo se quedó allí.
Se evaporó entre ríos y caminos, entre amaneceres rojos y tormentas, entre chocolates y cada momento que pasé contigo. Y en los que no pasé. Se quedó mi corazón en los besos que no te di, en los abrazos que fallé, en las miradas que te negué. Por miedo, por falta de confianza en ti o en mi, por ridícula estupidez humana. Dejé un trozo de mi perdido, cuando debió irse contigo.
Tal vez aún pueda llegar a ti y acompañarte. Hacerte saber que estoy aquí y no iré a ninguna parte. Que estás conmigo, que te vi, quizás pueda decirte lo que no fui capaz de decir:
Amigo, amor, compañero, que te quiero. Que compartí momentos contigo, alguno en sueños, que quiero volver a repetir. Que el camino no se acaba aquí.
En Arzúa
Te espero bajo los árboles. Bajo el frío del invierno interminable que oprime Galicia en este Julio solitario. Te espero bajo las hojas nunca secas de este parque. El sol me roza de canto y me estremezco, estás llegando. Vienes, te acercas a mi, y yo te estoy esperando.
Espero la vida que me regala tu sonrisa, tus dientes blancos y su luz, tus labios. Espero verte reír al amanecer mañana, contagiarme de tu risa y apenas ver el ocaso. Mis ojos no mirarían nada que no fuese a ti. Ave Fenix que hiciste de mi, capaz de renacer con cada gesto de tu cara. Si la vida se mide por los momentos en que ríes, tú me la regalas.
Aquí, en este parque, donde los pájaros se irán, yo no me cansaré de esperarte. Espero el beso de tu mirada, no necesito tocarte.
Las indelebles marcas de tu cuerpo gravan mi fiebre. Clavadas ya en mi memoria, no espero otra cosa que verte.
Te espero, estás llegando, y en mi mente volveré a tenerte...
Al que fue mi amigo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)