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martes, 8 de mayo de 2012

Papá, mamá...

Mamá, papá, os quería.
     Cuando era pequeña todas las noches ella, tan hermosa, nos contaba cuentos hasta que nos quedábamos dormidos. Ella, con su infinita imaginación, a mi hermano y a mi nos hacía soñar maravillas.
     Él, cada fin de semana, me despertaba muy temprano y me llevaba al campo. Me dejaba conducir, como ahora hace con mi sobrina. Me sentaba en sus rodillas y yo cogía el volante por el carril. Era inmensamente feliz.
     Papá trabajaba una noche si y otra no. Las noches que trabajaba nos turnábamos para dormir con ella, mi hermano y yo discutíamos siempre el "me toca a mi". Una vez resuelta la discusión, llamábamos a papá para hablar con él. Un cuento, y a dormir.
     Mamá hacía tartas de chocolate y galletas. Nos encantaba. Cuando terminaba nos sentábamos en la cocina con cucharas rebañando la olla y comiendo el chocolate calentito, ¡qué rico! Y éramos felices.
     Él, allí en el campo, me llevaba a dar de comer a las vacas. Me subía en el remolque, junto a las alpacas, y yo iba allí subida dando botes. Tuve vacas, cabras, perros, gatos, todo gracias a papá. Una vez incluso recuerdo que vendió un becerro a un matadero. Era mi becerro "Blanquito". Yo, desconociendo su destino, siempre preguntaba por él, quería verlo. Entonces, cuando menos lo esperaba, papá cogió el coche y me llevó a un cebadero. Allí, me puso delante de muchas vacas blancas y me dijo: ¿Cuál es Blanquito? Y yo señalé una vaca, la que más me miraba. Mi padre me dijo que sí, que me había conocido. Y yo con mi ilusión fui a acariciarla. Me brillaban los ojos, ¡cuánto había crecido! Inocente, lo creí. También dormimos en el campo varias veces a la intemperie, vi nacer un becerro, y aprendí de plantas y animales. Además de infinitos juegos de mesa.
     Ella me llevaba a misa, y me hacía poner las zapatillas bajo el árbol en navidad, para los reyes. Jugaba con nosotros, siempre con su increíble sonrisa. Mi madre. Mi princesa. Siempre la miraba y me preguntaba si algún día yo sería tan guapa. Me hacía creer en las personas, en su bondad. Y yo siempre la creía, porque ella era tan buena que hubiera sido imposible no creerla. Me demostró cientos de veces que lo que quiero lo puedo conseguir, y que la bondad se ve compensada con gratitud. Jugaba con nosotros a cualquier cosa, siempre manteniendo nuestra inocencia. Y hasta me enseñó a dibujar, y a coser, y también a pintar cerámicas. Y, por supuesto, lengua y matemáticas. A leer, ELLA, con unos carteles pintados en la pared.

Mamá y papá. Y el enano. Toda mi vida. De verdad que os quería. Me enseñasteis lo que necesitaba saber, me disteis FELICIDAD, todo en la vida. La conocí y la mantuve desde temprana edad. Quizás a veces no lo parezca, mas estoy agradecida. Pero... ya soy mayor.

     Mamá. Ella es la que me llama todos los días. A veces, muchas veces, me resulta pesada y no sé cómo hablarle, ¡de un día a otro no tengo nada nuevo que contarle! Pero se acuerda de mi todos los días, todos. Y tal vez yo no sea una hija agradecida, pero ella se levanta cada día y, aún así, a cada segundo piensa en nosotros. Es fuerte, porque no somos precisamente dóciles ni fáciles de llevar. Y aún así, aún así ella sigue haciendo tartas, y empanadas, y prepara la comida que me gusta. También pescado, porque lo como poco. Le digo que no me compre nada, que no tiene gusto, pero ella va de compras y siempre trae algo para mi. Y yo... yo me enfado. Pero ella, si ve algo que le gusta, piensa en mi. Ahora me está haciendo el vestido de punto que siempre le pedí, y está quedando precioso. Como soy tan caprichosa, le dije que no me gustaba el cuello. Luego lo pensé mejor y si que me gustaba, pero no lo dije. Y ¿ella? ELLA sigue haciendo mi vestido. Y, ¿saben? Sigue siendo hermosa. Con su increíble sonrisa. Ojalá algún día fuese como mi mamá, el ser humano más generoso que jamás conocí.

     Y papá... ¿qué decir? ¡Fue mi primera palabra! Lo mío podría decirse que es un tanto complejo de Electra. Lo admiro. Cuando tengo ganas de llorar porque algo me supera, me abraza hasta que me calmo. Y me sigue llevando al campo, y me enseña las cosas del huerto, y a apreciar las vistas. Me ha transmitido todas sus sueños y pasiones. Las ganas de leer, de aprender, de vivir cada segundo como si fuese el último, de aferrarme a la vida. Sabe como deleitarme con una buena conversación, porque me encanta escucharlo. Y hablamos, y nos miramos... y cuando papá me mira no hacen falta palabras. Porque sabe si estoy triste, si tengo ganas de reír, si quiero decirle algo, si me preocupo, si ya me harté... Un día me hizo mucha gracia. En la cocina, frente a una sandía, la miré y rápido aparté la vista. Mamá me ha enseñado a no pedir. Él, cogió un cuchillo, cortó el corazón, me lo dio y sonrió. ¡¡Siempre sabe lo que quiero!! Lo que necesito... Y siempre lo necesito a él. Que no me falte porque es quien me da la fuerza de cada día.

     ELLOS, los guías de mi vida. Si siguiese escribiendo, jamás terminaría, ¡tengo tantas cosas que decir! No hay palabras suficientes. De verdad que los quería. Sin duda, las cosas han cambiado. Papá, mamá, OS AMO.

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