Pueden abrumarte las preocupaciones. Puedes estar triste, muy triste, sumido en una profunda depresión. La vida puede llegar a desquiciarte. Pero justo en el momento en que planees el modo de acabar, el puente del que vas a saltar, llega la feria.
Feria. La feria de los farolillos y el algodón de azúcar. De los cacharritos y las tómbolas. De las casetas y el vino, los trajes y las flores. La Feria del Caballo, tu feria.
Olvidas todo. Suenan sevillanas una mañana cualquiera y sabes que ha llegado. El momento de entregarte al bullicio, al arte, a la pasión, pero sobre todo el día de entregarte a ti mismo. A tu disfrute, a tu vida, a ser el protagonista.
Sacas la hucha, la que tienes desde que eras niño, justamente para la feria. La rompes, y alegre coges el dinero de TU feria, ¡todo para gastar!
Peinas cabellos de esperanza, vistes alegrías y calzas una fuerza inigualable. Aguantarás toda la semana, día tras día, sin parar de sonreír. Y no supondrá esfuerzo alguno. Serás tú, natural como la vida, con tus más y tus menos, pero en feria todo se olvida. Todo lo malo pierde importancia, y comienza un nuevo año de ilusiones, te llenas de felicidad.
La esperas todo el año y, de pronto, como un suspiro, se va. Pero vuelve, siempre vuelve, y tú... siempre estás.
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