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domingo, 2 de junio de 2013

Domingo

     Nos tumbamos en el sofá recordando la noche anterior, o el tedioso fin de semana. Esperamos para emprender el viaje al sitio donde estudiamos. Esperamos. Dejamos pasar el día.
     No era así. En otro tiempo fue el mejor día de la semana. ¡Día de Misa!
     ¿Y qué conllevaba eso? Ir a la Iglesia, con tu mejor vestido y tus zapatos nuevos de charol. Toda la semana esperábamos con ansia la llegada del Domingo, día de reunión. Nuestras madres nos llevaban a la Iglesia de la mano. Pero allí éramos libres. Libres para sentarnos en primera fila y ser unas buenas señoritas mayores. Aquello nos daba protagonismo. Queríamos coger la cesta, el cáliz, o leer las escrituras. Y lo hacíamos con la mayor ilusión del mundo. Al salir, todas las señoras nos felicitaban por lo bien que leíamos, por lo mayores que estábamos y lo guapas que íbamos. Eso hacía crecer nuestra autoestima. ¡Éramos buenas chicas!
     Y lo mejor iba después, nos reuníamos en el campo o nos dejaban estar un ratito en el parque. En verano, siempre siempre, un choco clack. Pero evolucionamos al cono 3 chocolates, y después al Magnum doble. ¡Era un homenaje! Y lo acompañábamos con risas, y recordando al chico guapo que también se sentó en primera fila. Y hablábamos de que podíamos comulgar, porque ya nos habíamos confesado por decirle tonto a nuestro hermano, y por llorar por un helado el martes. ¡Éramos buenas! Y lo que estaba mal era no ir a misa, porque nosotras éramos buenas estudiantes y obedientes, y las que no lo hacían se estaban descarrilando. ¿Lo mejor? Ese orgullo y esa satisfacción interior que sentíamos cada día. Salir de la Iglesia cada Domingo, llenas de ilusión y confianza en un futuro espléndido.

     El tiempo ha pasado. Todas hemos cambiado la forma de ver la vida. Casi ninguna cree ya en el Dios de los cristianos, y qué decir de la institución eclesiástica. Yo, personalmente, creo en la magia. Y lo digo sin miedo, la naturaleza es mágica. Pregunta ¿Por qué? a cada cosa, y llegará un momento en que nadie sepa responder. A eso, antes lo llamaba Dios, con sus consecuencias y todo el protocolo. Y ahora magia. Pero me sé las oraciones, y respeto a aquellos con lo que hace años compartí dicha, no falto a la educación que me dieron mis padres y mucho menos a las creencias de mi madre. Yo fui feliz así, he de entender al que tiene fe. Y creo en la bondad de la mayoría de miembros de la Iglesia: de sacerdotes, y sobre todo monjas. Porque lo he visto de cerca y tengo una opinión objetiva. Claro que hay gente mala y ruin, y depravados. Pero eso es dentro y fuera de la Iglesia. No se puede generalizar.
     Lo que no entiendo ni entenderé nunca es que aquellos que compartieron en su día las primeras bancas conmigo hablen indiscriminadamente contra aquello que vivieron. Contra lo que aprendieron de sus padres. Y que insulten, y que pasen por medio de las procesiones, o que griten durante ellas. Yo no creo en esas cosas, por tanto no voy, no interrumpo.
     Conocer algo te da la opción de creer en ello o no. Ambas opciones son igualmente respetables. Lo que no es de ninguna manera admisible es intentar apoyar cualquiera de estas posturas desde el despotismo y la intolerancia. Tu opción nunca es válida porque sí. Y que sea la tuya no la hace mejor que otra. Respétalas todas.
     Puedes creer o no creer, pero no digas a alguien que cree "No existe", porque tú tampoco puedes demostrarlo. Sé algo más considerado, no es tan difícil.
Vagamente esto es lo que pasa por mi cabeza esta tarde de Domingo, mientras estoy tirada en el sofá viendo la tele. Quizás hubiera más que decir, mucho más que hablar y mil maneras de argumentar. Pero eso otro día, con más ganas. Yo sólo hago pensar.

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