Le estaba echando de menos. Pero se contenía. Se había dado cuenta de que arrimarse no era tan fácil sin caricias, y el ronroneo era cosa de gatos. Y si, era un gato. Por eso había permanecido a su lado.
Respondía, respondía siempre a las miradas, a los gestos, a las caricias. Con las provocaciones, arañaba. Cuando fueran, no importaba. Era un gato, se adaptaba. Las distancias de tiempo eran dispares, y aún se quedaba. Todo estaba bien. No había prisas, no había contratos. La comodidad primaba.
Y desapareció. Porque los gatos no pertenecen a nadie.
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