Y lo peor es que es una realidad. Te has ido y no vas a volver. Y me quedaron cosas por decirte, y nunca supe del todo lo que habías significado. Ha pasado la noche y me he dado cuenta de que es cierto, no estás. Te has ido, nos has dejado a todos. ¿Por qué? ¿Y por qué me duele tanto? Deberías haber sido una de esas personas que pasan por mi vida a diario sin sentido. Pero fuiste mucho más. Mucho más porque eras una grandísima persona. Porque tenías luz propia y todo brillaba a tu paso.
No cesan tus carcajadas en mi cabeza. Y miro a la pared, blanca, y veo tu cara. Veo tu sonrisa y tus ojos, ese sueño de sonrisa junto a la mirada que cualquiera querría. Me enseñaste la nobleza de tu alma y eso es imposible de olvidar. Era demasiado obvia, demasiado clara, demasiado mágica.
Estabas vivo. Eras el más vivo de todos. Eras fuerte. Eras un terremoto. Y no estás, así de repente. Es como cuando vas conduciendo, "se ha puesto el semáforo rojo de repente". No es así, nunca pasa así, antes está en ámbar. Pero no lo has visto, te has despistado y no te explicas como puede pasar de un extremo a otro en un segundo. Me alegro de no haberlo visto. Aunque duela imaginar que nunca nos volveremos a cruzar, aunque cueste asimilarlo, es mejor un recuerdo limpio. Un recuerdo de ti en toda tu grandeza, en toda tu humanidad, en plena vida. Un recuerdo que la agonía de la enfermedad no ha podido perturbar.
Es uno de esos momentos en que rezo. Rezo. Yo que nunca rezo, que no creo en dioses ni vírgenes, ni en iglesias católicas u ortodoxas. Rezo a ese "algo más" por que no sufrieras demasiado, por que no fuese un proceso largo. Porque te llevara así, feliz. Y corriendo, como tú lo hacías detrás del balón. Y rezo porque necesito creer que existe ese "algo más" que te dará un lugar. Un lugar donde hagas felices a los demás como hiciste aquí con todo aquel al que te cruzaste. Un lugar donde vivas sin dolor y donde algún día nos volvamos a encontrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario