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domingo, 22 de enero de 2012
Se fue.
Era verano. Hacía un calor insoportable, de ése con viento de Sevilla y esencia de Guadalquivir. Como siempre, el aire acondicionado no funcionaba bien.
Habían discutido, como tantas otras veces y por lo mismo de siempre. Ella cogió un libro y se sentó en el sofá. Siempre funcionaba.
Anteriormente, cada vez que se ponía las gafas y se tumbaba a leer, ocurría lo mismo. Absorta en alguna lectura que a él poco le interesaba, se evadía en las letras sin advertir nada a su alrededor. Sus comisuras se entreabrían y su cuerpo lucía perfecto, brillante por el reflejo del Sol que entraba por la ventana. Debía ser una lectura interesante (si es que realmente estaba leyendo), pues su cuerpo inmóvil y sus ojos abiertos daban la sensación de estar en un mundo paralelo.
Para entonces él ya había dejado de discutir, viendo que, como siempre, ella había tenido la última palabra. Se quedaba mirándola, alucinado por la capacidad que ésa mujer tenía de ignorarle, y realmente estaba aún más enfadado. Miraba sus ojos sentado en una silla buscando su atención, pero era inútil. Ella no apartaba los ojos del libro. Su cabello negro caía por su pecho y sus brazos, cuyas manos sostenían el libro sobre su vientre. Era perfecto, la ropa interior parecía ser parte de su propio cuerpo. Él miraba extasiado, hasta que sus instintos brotaban y olvidaba la discusión. Entonces siempre se acercaba hasta el sofá, sostenía el libro mirándolo con un fingido interés mientras lo cerraba, y volvía su cara hacia sus ojos, comprobando que ella por fin lo miraba. Ella se incorporaba lentamente y... lo de siempre.
Éso era otra historia. Esta vez era diferente. Ella cogió su libro y se sentó en lugar de tumbarse. Él seguía gritando, echándole en cara que ella también tenía fallos, que no era perfecta como tantas veces le decía. Ella ni se inmutaba. Pero esta vez no se sentó. Empezó a ponerse la ropa ágilmente, pese al enfado, y no dejó de discutir. Como siempre ella le ignoraba. Si que se había dado cuenta de que esta vez era diferente, pero absorta en su lectura ni le escuchaba, sabía que pasaría lo mismo. Él dio un portazo y se fue.
Sola en el salón, miró hacia la puerta y volvió a leer, sabía que volvería.
Pasadas dos horas, se dio cuenta de que no sabía que ponía en las últimas 20 páginas leídas. ¿Y si no volvía?
-"¡¡Es culpa suya!! ¡¡Tiene tantas coletillas!! Es bueno en lo suyo, pero no puede pretender que acepte que me hable así, debería tener más interés en aprender... Lo quiero. Me gusta estar con él, no quiero que se vaya... Pero no voy a llamarle, seguro que espera que lo haga. Si lo hago nunca moderará ese vulgar lenguaje. ¡¡Su profesora!! Me ha comparado con una maldita profesora. Me enerva. Sólo quiero que encaje... Volverá. Volverá y evitará esas odiosas coletillas. Con suerte, durante un par de semanas."
No volvió. Él era un hombre hecho, el tiempo tal vez moderaría su lenguaje. Pero... ¿una mujer? Definitivamente no. Y ella no estaba dispuesta a soportarle.
Pasaron semanas.
Se fue. Y ella no le pidió que volviera.
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