Eran las 2 o las 3, no había relojes. El punto álgido de la fiesta que el alcohol llevaba en sus venas. El local rebosaba chicas ebrias a base de Gin Tonic. El deseo de masculinidad las envuelve en una débil ilusión de protagonismo, ya no se lleva el Cosmopolitan. La realidad de aquel ambiente era insultante. Ellos buscando sexo descaradamente; ellas, incapaces de controlar sus pasiones, dejando ver sus intenciones sin medias tintas. No había espacio para el cortejo ni la coquetería. Ni espacio ni tiempo.
-¿Vamos al coche?- Las palabras más repetidas. Rápido. Sin pensar. Sin amor. Sin ganas. Libertad y desenfreno, está de moda. El mundo ha de entender que las mujeres decidimos cómo, dónde y cuándo; el sexo por sexo vale.
Estúpidas. Así no. No es lo que queréis, no encontráis lo que buscáis. Os llaman putas, y posiblemente tengan razón. Ellos son putos también. ¿Qué es eso? Es igual, sois todos unos cerdos. Apoyo el desinhibirse, disfrutar. Séneca dijo que no podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas. El deseo está ahí, desátalo cuando quieras, con discreción. ¿Pero dónde queda el deseo en esas noches? Noche tras noche la pasión se perdió. No sabéis lo que buscáis, no podéis sentir, os habéis perdido.
Decidí salir. Huir de mi misma. Aquello daba verdadera lástima. Siempre había encontrado al chico tímido con ganas de desplegar sus armas. Mismo fin, distintos medios. Siempre estaba ahí, fácil de manejar y lo suficientemente torpe para pasarse la noche hablando y no conseguir nada. Alguien que me ocupase mientras mis chicas se perdían. ¡Ah! ¡Las chicas! Estaban ahí: La una intentando deshacerse del chico al que ya había sacado un cubata; la otra besando a un desconocido. Y ahí estaba yo, con el pardillo de turno haciéndome compañía. Lamentablemente pronto se aburriría, porque ni siquiera tomé la molestia de fingir interés en aquel soliloquio sin sentido. Que la ingeniería, que una matrícula, el coche de papá... ¡INTERESANTÍSIMO! Solía responder para no quedarme sola. Pero no. Ese día estaba absorta en el exterior, otro vendría a sustituirle. No me apetecía conversar, ni oír piropos, ni hacerme la niña tonta que no se ha enterado de cualquier proposición indecorosa. Estaba mirando a la gente, y me daba verdadero asco. ¿Cuántas noches llevaba ya en el mismo lugar? ¿Cuántos años habían pasado sin moverme del sitio? No quería volver a casa, pero había pasado tanto tiempo que no era capaz de permanecer en el mismo lugar, otra vez.
Los problemas me llevaban a aquellas salidas nocturnas interminables que no me gustaban, pero que me permitían pasar el día siguiente completo en cama, y no pensar. No pensar en nada. ¿ Huir de mi misma? Era lo que intentaba desesperadamente. Y lo mismo que intentaría al salir del local.
Salí, me dirigí a la puerta. Dije a mi interlocutor de turno que iba al baño y no regresé. Son ocasiones en las que hay que mentir, no dé ocasión a que resulte educado y pretenda acompañarme a casa. En realidad nunca miento. Fui al baño y después salí.
Comencé a caminar, sola, bajo una intensa lluvia de Septiembre. Debía pensar... antes de que fuese demasiado tarde.
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