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martes, 5 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (II)

     El maquillaje corría por mis mejillas arrastrado por el agua. Inoportunamente había decidido usar lápiz negro y máscara de pestañas esa noche, y máscara era lo que llevaba. Las muecas se marcaban en mi cara, pronto no quedaría nada.
      Giré la esquina. Pude comprobar que tras de mí caminaba un grupo de chicos al oír sus comentarios libidinosos. Apresuré el paso. Siguieron mis movimientos. Estaban borrachos. La lluvia fue acompañada de una fuerte tormenta, esas que tan agradables suelen resultarme. Pero aquella noche me impedían oír los pasos tras de mi, ya ni siquiera estaba segura de que alguien caminara detrás. Paró un coche a mi lado. Un mercedes clase GL, azul metalizado.
 -Sube.- Dijiste. Giré la vista y, justamente, ahí estaba mi escolta. No dudé un segundo y subí al coche.
- ¿Dónde vives?
- En el cruce con Quevedo.
     No dijimos más. Éramos dos desconocidos compartiendo viaje, en un coche bien bonito. "Debe ser de su padre, nadie lleva un coche así". Jamás te había visto. Por otro lado no creo que encajases por ahí, llevabas la corbata bien puesta. Me gustan las corbatas.
     Se estaba acercando. No quería ir a casa, tenía miedo de volver. No me quedaban fuerzas para riñas, con Pepito Grillo ya me dolía suficiente la cabeza. Había desperdiciado tanto tiempo... Dejé de lado las cosas que más amaba, mis aficiones. Todo por lo divertido de conocer gente; gente vacía, que no aporta nada. "Haz el bien", es lo que nos dicen. Traté de solucionar problemas de todos mientras me olvidaba de mi misma. Y no hubiera sido ser egoísta, lo más importante de tu vida eres tú; hasta que eres madre, o hasta que te enamoras. Pero no era el caso y lo había olvidado. No fui nunca lo más importante. Me había divertido, había vivido. Había sido la mejor en muchas cosas, pero no en mi vida. Mi familia trataba hacérmelo ver. Yo no era feliz, y debía haber sido mi único objetivo.

 -¡¡CORRE!! ¡¡MÁS RÁPIDO!! ¡¡Pasa mi casa de largo!! Que estoy llorando...- Mamá no podía verme así. Parecía salida de un circo cutre de barrio.

     No mencionaste palabra alguna. Aceleraste. Aceleraste más. Más. Más. Más. Más, más, más. Era el único coche en esas calles. Una ciudad grande, pero dispersa y con poco tráfico. De vez en cuando pasábamos a un peatón. Las tenues luces de las farolas nos hacían señales. Aquello podía ser peligroso. ¿Qué hacía allí? Acompañada de quién sabe quién, en cualquier lugar, en un coche que sobrepasó la velocidad permitida hacía rato. Debías estar loco.
     Paraste. No conocía esa calle. Pensé que querrías llevarme a tu casa, y no me apetecía. Por supuesto me negaría. Puede que fuese un psicópata, a fin de cuentas conducía como tal. Y yo de eso sabía, así que empecé a asustarme. Sacaste un pañuelo de tela blanco. Mi padre también los lleva, quiero decir, eso ya no se lleva. Seguías sin articular sonido.
     Rodeaste tu mano con el pañuelo y te volviste hacia mí. Con la punta de los dedos iniciaste tu labor de saneamiento. Quizás intentabas descubrir mi cara. Recorrías mi cara tornando negro aquel trozo de tela, secando mis dolores.
      Visto desde mi perspectiva era un chico bastante guapo. No me había fijado. El estrecho espacio entre sus piernas y el volante dejaba adivinar que rondaba el metro ochenta y siete. Tenía espaldas anchas. Ojos de un castaño intenso se dejaban ver bajo unas pobladas y bien peinadas cejas. El cabello era oscuro también. La piel clarita dejaba destacar unos labios muy dulces. La nariz era romana. Sonreí. Me descubrió absorta en su boca y sonreímos los dos. No me importaría que me llevase a su casa; o a su cama, pensé. Aquello era realmente apetecible y nadie iba a enterarse. Decenas de elucubraciones sobre lo que podía pasar adornaban mi mente. Entre ellas, que quedaría muy satisfecha.
     Me puso el pañuelo entre las manos y volvió a conducir.
- Ahora ya puedo llevarte a casa.-
     ¿Qué? ¿Ya está? ¿Es hermano mío y yo no lo sé? ¿De la policía secreta?  ¿Mis padres han contratado un guardaespaldas? Había visto muchas películas, pero aquello se me antojaba más surrealista aún.
- Si.-
- ¿Cómo te llamas?
- Giada.
- Giada, ¿italiano? Bonito nombre.
- Gracias.
- Oye, Giada, ¿te importa darme tu teléfono? Me gustaría llamarte mañana para asegurarme de que estás bien.
- No tengo.- En realidad, estaba en el bolso. ¿Qué estaba haciendo? ¡Era un chico guapísimo! Pero sólo había dos opciones: La primera que se hubiese dado cuenta de que no era el día apropiado, o más bien la chica apropiada para tener sexo esa noche; de ser así ya había pasado su oportunidad. Lo había dudado algunos segundos antes, pero ya no me apetecía ser desahogo de nadie; ni desahogarme. La segunda opción era que fuese un loco obsesivo y se encaprichase conmigo. Que pretendiese llamarme todos los días cual enamorado, que quisiese "protegerme". Repugnante. Yo no necesitaba eso. No le dí mi teléfono, era lo mejor. Yo sé de esas cosas.

- Una lástima.- Sonrió. Tenía una sonrisa preciosa. Dientes perfectos.
     Ya no volvimos a hablar hasta llegar a casa. Y no me miró ni una sola vez. Yo sí a él, me desconcertaba.
- Cuídate.
- Gracias. Buenas noches.- No esperó a que  entrase al portal, comenzó a conducir despacio (o tal vez era la velocidad prudente) y lo vi alejarse.

    Tenía bastante sueño. Había sido un día extraño. Ya eran las 7 y no tenía tiempo de pensar. Quería dormir. Pero una cosa estaba clara: No volvería a verlo más.

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