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martes, 19 de febrero de 2013

Te conocí casi nada (III)

 -¡Buenos días mamá!- Le di un beso.
-¿Qué quieres?
- Quita esa cara de hastío, ya te he dicho miles de veces que no necesito nada de ti. Ni de nadie.
- Ya empezamos...
- Tienes razón, no voy a discutir. ¿Desayunamos?

     El día siguiente fue de lo más normal. Para mi, porque mi madre sustituyó la desconfianza por el desconcierto; no quitó la dichosa cara de pasmada un segundo. Mientras desayunábamos no apartaba la vista de mis ojos, parecía estudiarme. Terminé de desayunar, me di una ducha y salí a pasear: El Gran Café, la biblioteca, y el hipódromo (siempre gano las apuestas). Lo veía todo de otra manera.
     Anocheció demasiado pronto, aún tenía ganas de hacer más cosas. Me dirigí a casa. Un baño de espuma y burbujas que me hicieron homenaje terminó con un masaje en las sienes. Me enrollé en la toalla blanca y me pegué al calefactor. No hacía mucho frío pero me gusta la sensación, después soy incapaz de soportar el invierno. Corté un poco las puntas y me sequé el pelo. Acabé tirada en la cama mirando al techo y con el cuerpo rojo. Sí, me había pasado.
     Día tras día repetí la misma operación. Siempre se me hacía demasiado tarde y tenía demasiados planes. Me estaba divirtiendo, o quizás estaba retomando mi vida. Todo empezó a ir bien.
"¿Quién sería?"
     Entonces pasó. Lo recordé. Casi había pasado una semana. Acepté frente a mi misma que a veces, sólo a veces, me equivoco: debí haberle dado mi número. No estaba loco. Lo conocí casi nada y no esperaba más que una noche loca, ¿Qué había hecho de mi? Tal vez fuese yo, pero todo ocurrió cuando miré sus ojos. ¡Idiota! Ni siquiera sabía su nombre. Una lástima, pero la vida sigue.

"Supongo que gracias... destino".
   

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