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jueves, 14 de noviembre de 2013

Luna

     Cuando le preguntó porqué cerraba los ojos, él respondió francamente:
- Observo la luna.
- Supongo que quieres decir que la echas de menos.
- ¿Sabes? Alguien me detalló una vez las cuatro fases de la luna. Siempre se habla de dos caras, pero tiene cuatro principales. En realidad son muchas más. A veces está creciente, captando la energía del Sol, haciéndola suya. Alegre y expectante por lo que acontece después. Otras, pletórica ya, se convierte en diosa del mundo. Desde los inicios de los tiempos las civilizaciones la han adorado. Los lobos le aúllan, pero nadie puede alcanzarla. Entonces comienza a achicarse, se siente sola y vacía, podría decirse que nadie la entiende. Todos comienzan a pensar que es rara, ¿por qué pudiendo ser grande y hermosa se hace pequeña y fría? Unos dicen que es idiota, y otros le echan la culpa al Sol. Pasa a un segundo plano, se aparta de los escenarios que tanto le gustan. Mas hay otras veces, las más extrañas, en que desaparece. Te engaña, realmente está ahí. Está ahí y quiere que la veas, pero no por hincharse y presumir. Ruega en silencio que la vean porque sí, porque está ocupada en sus asuntos privados, en su día a día, en su propia atmósfera. Y sólo algunos pueden verla. Parece fría y distante, pero es aún más cálida que cuando se llena. Se rodea de cirros y bruma, como en una manta de algodón que la protege. Y se vuelve tímida y dulce... Es el momento de dejar de aullar a su belleza, de cerrar los ojos y sentirla, verla...

- ¿Y qué pasó?

- Cuando me contó todo aquello, cerré los ojos. Cerré los ojos muy fuerte, con la nariz apuntando a donde debería estar la luna. Oí el sonido de los pájaros de noche, oí grillos, oí el viento, oí a la misma noche que nunca había atendido. Abrí los ojos, miré aquellas sombras blancas en el cielo, y no la vi. Oí tantas cosas que no supe escuchar de lo que verdaderamente hablaba. Ella, era mi Luna y no la vi.

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