Páginas

miércoles, 23 de octubre de 2013

Leer mientras caminas II

     Pero el tiempo y las experiencias te golpean. Por diferentes causas dejas de hacer las cosas que te gustan. Yo también dejé de leer. No tenía tiempo, había pausado mi vida de una manera drástica y tenía que recuperarla. No había tiempo para libros.
     Quizás el tiempo fuere una excusa, y la verdadera razón sea que no me atreviese a tener el corazón expuesto. Que no quería más ilusiones, que no quería más finales congojosos. Que no quería finales abiertos y ansiedades. Que me acobardó vivir.
     Un inmenso letargo ocupó otros años de mi vida. Quise leer, lo echaba de menos. Pero sentía que perdía el tiempo de mis verdaderas ocupaciones. O no encontré los libros adecuados. O me veía incapaz de entender el lenguaje. No sé qué pasó. Lo intenté muchas veces, de veras, pero no pude. ¡Cuántos libros a medias!
     Había fracasado. Ya no podía estar más insatisfecha conmigo misma. No tenía sentido, no aprendía cosas nuevas, mi conversación resultaba monótona y mi palabrería vulgar. Hubo en tiempo en que al mirarme al espejo no me veía. Fijaba la vista en los ojos llorosos, en el brillante verde de las lágrimas. Y ahí estaba yo, lo sabía. Miraba fijamente y podía verme. Pero allí escondida, ¿cómo podía salir? Estaba atrapada. Era un destello fugaz, una gota de rocío que desaparece.
     De alguna manera tomé fuerzas, puede que recordando la niña valiente que fui, y decidí liberarme. Defenderme, matar mis dragones, formar un ejército. Ser mi propia heroína. Y lo logré, salí. Salí de mi interior, totalmente expuesta y batallando en guerras que ya debería haber ganado; ése fue el precio. Todo era recuperable si hacía algo por mi.
     Tomé la decisión quizás más difícil que haya en el mundo. Leer. Atreverme a enfrentarme a verdades y mentiras, a palabras nuevas, a diccionarios, a la compleja cartografía, a multiplicaciones de páginas, a soñar... Soñar. Llegué a pensar que era estúpido, verdaderamente frustrante pensar en cosas que no iban a ocurrir. Pero volví a leer, ¿y porqué no? Claro que si, todo puede ocurrir. Papá había dicho siempre que todos tenemos una estrella, pero hay que frotarla para que brillara. La mía estaba llena de polvo, pero fui capaz de iniciar la limpieza. Leí y leí, y poco a poco empezó a iluminarse.
     De repente, me encontré leyendo en el baño, en la cocina, en clase, en cada cartel... Descubrí el placer de leer mientras caminas. Esa sensación de libertad, de pasos rápidos. Ése ensimismamiento que te lleva a chocar con cada ciclista, y la posterior sonrisa. Sonrío porque me encuentro, porque estaba tan centrada en mi imaginación que no veía nada más, porque disfruto de cada momento. Sonrío porque ahora entiendo los textos.
     Ahora, a cada sitio que voy, me acompaña un libro. Y no me siento sola, ni tampoco me pongo nerviosa. Tengo un escudo, soy capaz de hablar de muchas cosas. Y si la diplomacia no funciona, siempre tengo un libro que tirar a la cabeza de alguien si me topo con problemas. Un libro gordo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario