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martes, 22 de octubre de 2013
Leer mientras caminas I
Siempre hubo un libro en la mesilla de cada uno de mis padres, o dos. A veces, incluso tres. Mamá acudía cada noche a leernos cuentos, esto es cierto. Cuando no leía, los inventaba. A veces escribía y dibujaba para nosotros. Tenía una imaginación prodigiosa. Mi hermano y yo queríamos historias.
Aprendimos a leer, creo que los dos a la vez, porque la diferencia de edad es poca y mientras mamá, maestra, me enseñaba a mi, aprendía él. Teníamos una colección enorme de cuentos de Disney, y cuando hubimos aprendido a leer los títulos discutíamos sobre cuál queríamos, entonces ella leía tres.
Recuerdo el primer libro que leí, con el que mamá me enseñaba a entonar, porque era muy importante saber narrar historias. Decía así:
"Vuelan los pájaros a toda prisa. Tambor, el conejo, y todos sus amiguitos, van a ver algo maravilloso: un nuevo cervatillo que acaba de nacer. ¡Mirad! Está ahí, junto a su mamá. [···]"
¡Y cuántas veces dibujé aquella primera imagen de Bambi!
Empecé a leer sola cada noche, mamá decía que no era bueno para mi vista. ¡Pero ellos también leían de noche! Muy pronto necesité gafas.
Acostumbré a preguntar :"¿qué lees?" A cada obra que caía en manos de mis padres. Y eran infinitas. De repente, me descubría leyendo contraportadas de quién sabe qué cosas de núcleos o alegorías. Y no entendía la mayoría de las cosas, pero las quería entender. Y llegó el día en que la lectura en clase fue obligatoria. En sexto de primaria, eran necesarios si mal no recuerdo seis libros trimestrales. Yo me leía doce o catorce. No había tantos libros en clase. Ya me sabía todas las historias del pequeño vampiro, que tanto me fascinaron. También las de Manolito Gafotas, que me aburrían. No había libros para mi. Fui entonces a comentárselo a mi profesora, precisamente para preguntarle si podía traer un libro de casa. Ella, que tal vez me pensara repelente, me miró con desdén y me dijo: ¿seguro que los has leído todos?. Entonces cogió uno por uno los libros de clase, incluidos los que en ese momento leían mis compañeros, y me preguntó sobre todos ellos. Cuando por fin aceptó que era cierto, me respondió: "De acuerdo, pero que sea más gordo".
Ya había empezado yo a leer el Quijote antes de hacer la comunión. Era lista, muy lista, pero tampoco un prodigio. Seguramente leí mucho, lo dejé a la mitad, y no entendí nada. Eso si, mis padres presumían de mi brillante memoria, capaz de recordar "La razón de la sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi corazón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura", y por supuesto, aquél lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme... y cuyo texto tampoco me apetece ahora.
Como decía, habiendo fracasado yo en mis primeras lecturas "de adultos", seguramente porque era edad temprana para asuntos tan enrevesados, llegó el momento de buscar "un libro gordo". ¡Y papá me había hablado tantas veces de Don Rodrigo! ¡Y de mesnadas y huestes! ¡Y de Colada y Tizona! Y lo vi. Estaba en una mesa, un libro rojo. Papá dijo que ése era el mío. Y lo cogí. Poco más de quinientas páginas me resultan ahora, pero a mi profesora le pareció demasiado largo para mi. Me dieron más ganas de leer. "El Cid" de José Luis Corral Lafuente, a quien quizás deba parte de mi amor por la lectura, me envolvió completamente. Eran tan nítidas las imágenes en mi cabeza... veía las batallas, los amores, las discusiones, tan vivas... Me acostaba a las dos de la noche, leyendo a escondidas. Ponía una luz pequeña, ocultaba la lámpara bajo las sábanas hasta que mamá venía y me regañaba. Al día siguiente había cole. Vivía unas aventuras alucinantes mientras soñaba. Fui Jimena, Sancho, Urraca, cualquier soldado, y hasta el propio Rodrigo. Y visité tantísimas ciudades...
Los libros, como tales, entraron en mi vida. Uno detrás de otro. También algunos amigos leyeron libros y los empezamos a comentar. Me sentía una chica verdaderamente lista. Aprendía cosas, y me divertía.
¿Cómo llenó la lectura los primeros dieciocho años de mi vida? No acabaría nunca de explicarlo, porque cada libro fue una experiencia y un momento, cada historia fue un corazón roto. Desde siempre estuve preparada para los finales, y para los principios...
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