Empezó a amar los domingos. Siempre había sido el día del tedio, del hastío, el peor día de la semana. Para todo el mundo siempre fue el lunes, y para ella el domingo. La víspera de la rutina, la jornada interminable. El paradigma de la monotonía. Ese día en que nunca había nada que hacer; o muchas cosas, pero no con quién.
Y suavemente empezaron a llenarse las copas. El vino a escoger, distinto cada vez. "Lleno la tuya, esta vacía". Siempre lo hacía, nueva rutina.
Y poco a poco los Domingos empezaron a plagarse de copas, de historias...
No hay comentarios:
Publicar un comentario